jueves, diciembre 15

Elecciones presidenciales: partidos y liderazgos, por Gonzalo Martner


La elección de diciembre de 2005 tiene una característica: se producen importantes distancias en los resultados de los grandes bloques políticos a nivel parlamentario y sus liderazgos presidenciales. Mientras la derecha suma 38,7 % en diputados a nivel nacional, sus candidatos presidenciales suman 48,6 % (25,4% y 23,2% respectivamente). Lavín desborda solo un punto sobre la UDI (fuerza que suma 22,3% del electorado), reduciéndose a representar su partido de origen. En cambio, Piñera agrega 11,3% a los votos de RN (partido que suma 14,1% del electorado). A la inversa, la Concertación logra un 51,8% de los votos a nivel de diputados, mientras Michelle Bachelet obtiene un 46% en la elección presidencial. El pacto Juntos Podemos Más obtiene un 7,4% de los votos y Tomás Hirsch un 5,4% de los mismos.
¿Es esta disparidad una situación nueva? Hay que remitirse a las elecciones de 1989 y 1993, en las que también existió la simultaneidad presidencial y parlamentaria (lo que no ocurrió en 1999). En 1989, la Concertación y la izquierda extraparlamentaria sumadas obtuvieron una votación (56,8%) algo superior a la de Patricio Aylwin (55,2%), candidatura presidencial que ambas fuerzas apoyaron, mientras en la derecha la situación fue de dispersión en dos candidaturas presidenciales (que sumaron 45% de los votos) y 5 listas parlamentarias (que sumaron 42% de los votos). En 1993, en su peor desempeño, la derecha tuvo dos débiles candidatos presidenciales que solo sumaron 30,6% de los votos, mientras su lista parlamentaria ahora unificada sumó un 36,7%. Eduardo Frei obtuvo un 58% y la Concertación una proporción algo inferior (un 55,4%), en su mejor momento histórico. La izquierda extraparlamentaria presentó 3 candidatos presidenciales que sumaron también su mejor registro, con un total de 11,4%, y dos listas parlamentarias que sumaron solo 7,8%. Para completar la descripción, cabe consignar que en primera vuelta en 1989 Ricardo Lagos obtuvo un 48% y en la siguiente elección parlamentaria de 1991 la Concertación obtuvo un 47,8% en diputados.
En suma, estamos frente a un fenómeno bastante novedoso: la distancia de 5,8% entre la Concertación y su candidatura presidencial. Existen en mi opinión dos explicaciones para este fenómeno.
La primera es que en el escenario político actual y futuro una candidatura presidencial DC pierde votos a la izquierda y una progresista pierde votos en parte del electorado moderado y conservador. Ya no es concebible que tan fácilmente una candidatura presidencial de la concertación tenga tantos votos como los que suman los candidatos a parlamentarios de sus partidos.
La segunda razón es que en esta específica elección Sebastián Piñera cosechó en el imaginario colectivo el ensalzamiento que buena parte de las élites hacen hoy de la figura del empresario. Ya no es el intelectual, el artista, el servidor público, el religioso, el dirigente social, el gestor comunitario, el que es valorado por su rol, que incluye una buena dosis de desprendimiento frente a lo material: hoy más de los que debieran no mantienen la necesaria distancia cultural y valórica frente a la codicia y al afán de lucro. No otra cosa es la motivación en la vida de empresarios especuladores como Sebastián Piñera. Que los que hacen de la ENADE el más importante de los escenarios de la vida nacional no se extrañen que por primera vez en Chile un multimillonario rentista obtenga el 25% de los votos.
Para que Michelle Bachelet gane bastaría que en segunda vuelta dos tercios de los que votaron por los candidatos al parlamento de la Concertación lo hagan por Michelle Bachelet. Lo que no es tan fácil de obtener, aunque se puede esgrimir al respecto un sólido argumento: de ganar Piñera, este no tendría sustento parlamentario ni social para gobernar, mientras su propia Alianza está fracturada hace años precisamente a propósito de su controvertida y ambiciosa figura. Y supone que el sistema político concertacionista se cuide de presentar, como con frecuencia algunos han hecho, a los partidos como el resumidero de los desperfectos humanos ni menos contribuir al desprestigio de sus parlamentarios. Con todos sus defectos, que de haberlos los hay, ambos actores han cumplido más que honorablemente sus deberes.
Si además se suma el voto de la izquierda extraparlamentaria, que debiera solicitarse formalmente en nombre de la común lucha antiderechista y del compromiso de hacer todo lo necesario para terminar con el sistema binominal y de gestionar el gobierno con participación y diálogo social, subordinando a la tecnocracia arrogante, entonces solo errores de magnitud debieran impedir el triunfo que lleve por primera vez a una mujer, y a una mujer de gran talento y capacidad, a la Presidencia de la República. Esa es la verdadera innovación y expresión de modernidad y no que gobierne alguien movido por dos de los más antiguos y menos nobles sentimientos humanos: el oportunismo y la codicia.

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