martes, enero 10

Humanismo laico y humanismo cristiano, por Julio Silva Solar

La Nación, 10 de enero

Se ha discutido ampliamente sobre el humanismo cristiano como un tema de la campaña electoral, pero echo de menos en la discusión dos aspectos que parecen indispensables para saber de qué se trata. Uno de ellos es que hay que situar históricamente este humanismo y el otro es la necesaria referencia al humanismo laico que el tema conlleva. Sin ir más lejos, hay un libro publicado hace dos años del que es autor William Thayer, ex ministro de Eduardo Frei Montalva y ex senador designado, cuyo título es “Humanismo Cristiano Chileno (1931-2001)”, que como se ve desde el título mismo ubica el tema en un determinado período.
En cuanto al humanismo laico, habría que tener en cuenta que desde los enciclopedistas hasta el siglo pasado el tema del humanismo fue un tema laico, en dura contienda con la cristiandad. Los derechos del hombre proclamados por la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad), el paso de la soberanía desde el monarca de derecho divino al pueblo y el desarrollo ulterior de la democracia, siguió siendo en lo fundamental un proceso de carácter laico o liberal. El mundo católico tradicional estaba aún nostálgico de la unión del trono y el altar y más bien resistía o se sentía ajeno y hasta perseguido en sus valores por dicho proceso.
Fue en verdad el filósofo francés Jacques Maritain y otros como él, que en tales circunstancias asumieron una orientación renovadora dentro del catolicismo, la que tuvo gran influencia sobre todo en la juventud, donde también caló hondo el contenido social en defensa del trabajador de algunas encíclicas a partir de Rerum Novarum (1891). En Chile, los jóvenes que se agruparon en la Falange Nacional y se apartaron de la derecha católica conservadora, admiraban profundamente a Maritain e hicieron suyo el pensamiento del filósofo que se expresaba en una buena cantidad de libros que circulaban, algunos editados en Chile, como “Humanismo Integral” publicado por Ercilla en 1942, cuyo sugerente subtítulo era “Problemas temporales y espirituales de una nueva cristiandad”.
En este libro fundamental, profundo, Maritain observaba que los principios humanistas laicos, en su esencia, tenían una raíz cristiana, desde el Evangelio, y que esto debía ser reconocido y elaborado para llegar a un humanismo no sólo laico o racionalista, sino integral, esto es, integrador de una filosofía política de inspiración cristiana de nuevo tipo que venía a ser este humanismo cristiano. Maritain llamaba a los cristianos a trabajar por un “nuevo régimen de civilización”, caracterizado por un humanismo integral que para ellos “representaría una nueva cristiandad, no ya sacra sino profana, como tratamos de mostrar en los estudios aquí reunidos” (“Humanismo Integral”, página 18)
Puede decirse que el sentido de la obra de Maritain parte de estas palabras suyas: “…se ha visto a las fuerzas directrices de las democracias modernas renegar durante un siglo del Evangelio y del cristianismo, en nombre de la libertad humana; y a las fuerzas directrices de las capas sociales cristianas, combatir durante un siglo las aspiraciones democráticas, en nombre de la religión”. (“Cristianismo y Democracia”, página 38). Superar este conflicto, de amplias repercusiones en todo orden de cosas, fue la tarea básica de Maritain en este campo.
Pero la derecha católica chilena combatió duramente a Maritain, sosteniendo que su doctrina no era la doctrina católica, que se apartaba de la ortodoxia y que correría finalmente la misma suerte de Lammenais y del grupo católico francés “Le Sillon”, condenados por el Vaticano por su liberalismo. Se invocaba el Syllabus de Pío IX y otras encíclicas para dejar en evidencia que Maritain era un hereje. Pero los hechos se movían en otra dirección y estas expectativas se frustraron. La Segunda Guerra Mundial llegaba a su término con la derrota del nazismo, lo que hizo ganar a la democracia un enorme avance. El primer Gobierno de De Gaulle en Francia, recién liberada, nombró a Maritain embajador en el Vaticano, que en ese momento de celebración colectiva del triunfo aliado, fue recibido con elogios por el Papa. Poco después, en los ’60, el Concilio Vaticano II de Juan XXIII y Paulo VI, llega por sí mismo a concordar con las principales ideas por las que Maritain había trabajado. Y hoy, por ejemplo, podemos leer con naturalidad en la declaración última del Comité Permanente de los obispos chilenos un párrafo que dice: “La democracia ofrece un marco más propicio a la aspiración de ver verificada en la convivencia social el pluralismo, el respecto y la amistad cívica”.
Con todo, la derecha católica carece aún de una real cultura democrática. Su cultura sigue siendo oligárquica. Se acomoda a la democracia siempre que ésta no toque sus intereses de clase. Eso perpetúa los poderes que trancan el desarrollo democrático. Maritain advertía que “la tragedia de las democracias modernas consiste en que las mismas no han logrado aún realizar la democracia” (“Cristianismo y Democracia”, página 35). Planteaba también un curso de las cosas que ha prosperado muy escasamente: la emancipación humana de la servidumbre. Señalaba que “el trabajo ha estado siempre ligado, de manera más o menos extensa y en diversos grados, a una forma cualquiera de servidumbre -esclavitud propiamente dicha, servidumbre, domesticidad, proletariado- a las que otras formas, cada vez más atenuadas, esperamos, sucederán todavía; esta condición de servidumbre repugna a la naturaleza humana, es para ella una cosa aflictiva y va contra las aspiraciones propias de la persona”. (“De Bergson a Santo Tomás de Aquino”, página 159)
Los pueblos eligen gobiernos de izquierda (pienso en Lula, por ejemplo), pero ellos, para seguir, para asegurar su estabilidad, deben mantener el sistema económico. Si no, todo se viene abajo. Pero mayor crecimiento, dentro del sistema, en razón de su forma de distribuir y asignar los bienes, significa mayor desigualdad social, más distancia entre ricos y pobres. Se ha dicho que esto es escandaloso, pero suma y sigue.
La mentalidad de la derecha católica combina el autoritarismo político con el liberalismo económico. Siempre admiró a Franco y su régimen en España. Era su ideal. Y después apoyó con toda su alma la dictadura de Pinochet, otro ideal que conserva en relativo secreto. Parece increíble, pero aún después de 15 años del fin de ese régimen, cuando nadie puede ya ignorar o hacerse el leso de los masivos crímenes contra la vida humana, contra el humanismo más elemental, esa derecha católica no ha producido al menos un análisis autocrítico del respaldo prestado al dictador. A estos humanistas les importa muy poco la suerte de los “humanoides”, palabra ésta que es como un signo infamante del integrismo de donde proviene y que está activo y fuerte entre nosotros, con personajes emblemáticos.
Habría que volver a recordar la ley de Moisés: no matar, no robar… no se oye Padre, todavía no se oye. Si el “humanismo cristiano” del que hablan es más que una etiqueta electoral tendrían que empezar por abrir los ojos, los oídos, la mente. Pero se niegan a ello, con lo que confirman que no se puede confiar en esas palabras

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