viernes, febrero 17

Socialistas (2), por Jorge Arrate

El Mostrador
Congresos y elecciones


El historiador socialista Julio César Jobet (1912–1980) centró su actividad partidaria en la formación política, el debate teórico y la preservación de la memoria socialista. Hoy se conoce poco a Jobet y su recuerdo es sólo ocasional, como resultado del deterioro del tipo de actividades que él prefería.

Para algunos la memoria pareciera ser un estorbo, un signo de anquilosamiento. En el caso de los jóvenes, no es su culpa. Porque estoy hablando de la memoria adquirida, de una memoria colectiva e histórica, no de la memoria de las vivencias propias. Me refiero a la memoria que se hereda. Entonces, ¿qué han hecho los responsables de la herencia para transmitirla?

Jobet escribió la historia del PS a través de los Congresos partidarios. Para él eran momentos de cristalización de ideas, procesos y fuerzas y, por tanto, puntos de sutura de esa historia. En 1971 la editorial Prensa Latinoamericana (PLA), propiedad del Partido Socialista (nótese: ¡el PS se preocupaba de editar libros!) publicó la tercera y final edición de ''El Partido Socialista de Chile'' de Julio César Jobet, en dos tomos. Un volumen y la mitad del otro cuentan la historia partidaria hasta el año de la publicación.

La tengo en mi mano y leo en la presentación de los editores: “Constituye un brillante panorama de la evolución del PS, y entrega una apreciación exacta de sus orígenes, de sus postulados teóricos y programáticos, de sus planteamientos políticos y sindicales y de sus luchas ardorosas”. Y más adelante: “La lectura de este sustancioso libro permite aquilatar, con claridad, los rasgos más esenciales y sobresalientes del carácter del PS y de su empresa, a menudo tormentosa”.

Efectivamente, la vida interna socialista ha sido siempre una lucha ardorosa con, muchas veces, resultados tormentosos, desde el Primer Congreso, en octubre de 1933. Uno relee el libro de Jobet y percibe cuan apasionada ha sido la existencia del PS. Todos los Congresos que Jobet recorre fueron momentos de gran confrontación de ideas. Apropiadas o no, erradas o no, pero ideas, ideas políticas. El poder desnudo, sin atavíos, siempre estuvo presente porque es parte de la política. Incluso el poder de gobierno: el PS participó en el de Pedro Aguirre y Juan Antonio Ríos, luego fue parte, por nueve meses, del gobierno de Carlos Ibáñez, y, por cierto, del de Salvador Allende. Pero lo central en los debates y pugnas de aquel partido de alma esencialmente crítica, inconformista y rebelde, eran ideas, grandes ideas políticas: el marxismo y el leninismo, las críticas a la Unión Soviética y la dictadura del proletariado, la neutralidad chilena en la Segunda Guerra Mundial, la autogestión, la nacionalización del cobre y las riquezas básicas, las alianzas de clases, la reforma agraria, la violencia en las luchas populares.

Entre 1933 y 1944 el PS realizó diez Congresos. El décimo, luego del agudo debate del noveno entre los partidarios de abandonar el gobierno y los de continuar en él, consagró una dolorosa división: un fundador, Marmaduke Grove, creó el Partido Socialista Auténtico en un Congreso paralelo. El undécimo fue también un hito, en 1946, cuando Raúl Ampuero fue electo jefe del partido e inició su recuperación. En 1948, el duodécimo congreso, en que asumió la jefatura Eugenio González, debió enfrentar la ruptura del sector más moderado del PS, que colaboró con González Videla y que obligó a la organización a tomar el nombre de Partido Socialista Popular.

Sólo en 1957 volvió a reunificarse el Partido Socialista, en el decimoséptimo Congreso, inolvidable porque abrió una nueva etapa política, la de la unidad de la izquierda, el FRAP y la Unidad Popular. En 1967, el vigésimo segundo, hasta hoy conocido como “Congreso de Chillán”, reflejó el impacto de la ola revolucionaria latinoamericana en las ideas socialistas. En 1971, en La Serena, el vigésimo tercer Congreso celebró el triunfo presidencial de Salvador Allende. “Todo lo que he sido y todo lo que soy”, dijo Allende, “se lo debo a mi Partido”. Un gesto de pasión, de reconocimiento generoso, también de modestia. ¿Cuánto debía y debe el Partido Socialista a Salvador Allende?

En 1979, en plena dictadura, se produjo la más larga división en la historia socialista, entre los sectores que se identificaban con Carlos Altamirano y con Clodomiro Almeyda. Eran tiempos de clandestinidad y de exilio, el Partido Socialista aún no hacía un balance compartido de su derrota, la lucha interna de ideas era intensa pero necesariamente dispersa, en el mundo se abrían debates que preanunciaban el término de los gobiernos comunistas y, a nivel de Chile, se observaban los primeros indicios de la llamada “renovación”. Hubo en aquellos tiempos dos Congresos con el número veinticuatro, correspondientes, respectivamente, a cada sector. Uno de los segmentos pasaría a ser conocido luego como “Partido Socialista Veinticuatro Congreso”.

En 1989 los dos PS, uno dirigido por Almeyda y el otro por el autor de estas líneas, consagraron la reunificación que dura hasta hoy y que abrió el período más extenso de la vida socialista sin divisiones o graves escisiones. La reunificación culminó en 1990 en otro Congreso memorable, que no lleva número: el Congreso de Unidad Salvador Allende, donde se debatió la reinserción socialista en la débil democracia que renacía y la participación en la Concertación y en el gobierno.

Julio César Jobet ya había muerto y no tuvo sucesor en el PS. Los registros del tiempo siguiente no están estructurados, que yo sepa. Un valioso esfuerzo relativamente reciente es el Portal Salvador Allende, en Internet. Quizá la memoria comenzaba a ser percibida como lastre, por lo dolorosa, o como dispendio, por las exigencias de los nuevos tiempos y por ese prurito de la política chilena de estos años, de mirar “hacia adelante”. Sí, digo yo, pero con ojos que no tienen cabeza… Hay que mirar el futuro, pero con la densidad de un cerebro que acompañe a la mirada, si no, es caer en una trampa de derecha.

En enero pasado se realizó en Santiago el más reciente Congreso socialista. Si Jobet viviera, ¿cómo se referiría a él en las páginas de su obra? Porque, dicen los que asistieron (yo estaba por un tiempo prolongado en actividades académicas en el extranjero) y los que escribieron crónicas, que ha sido el único Congreso partidario en que no hubo debate ni acuerdos políticos. ¿Para qué se hizo, entonces? Los Congresos no son una panacea, pero sí un instrumento para que converjan todas las voces, confronten ideas, debatan y unifiquen estrategias. Pero aquel fue para dirimir cuestiones internas de poder. Me pregunto: ¿tenía sentido? ¿Si Martner hubiera continuado como Presidente, habría sido muy distinta la votación de Michelle Bachelet? ¿Hubiese sido muy diferente el resultado parlamentario? ¿Si luego de rechazada la prórroga del mandato de Martner se hubiera convocado a elecciones, como estatutariamente correspondía, habrían sido para la campaña de Bachelet un daño mayor que el que causó, como imagen, el propio Congreso abortado?

Pero, en este caso, recomiendo mirar para adelante, por la suerte del PS y por la calidad de su apoyo a la Presidenta. Y decir: “nunca más”. Con esta mirada, sostengo que el PS “debe” un Congreso para debatir de política, para que el partido se “repolitice”. Lo obvio habría sido convocarlo ahora. Se ha preferido, en cambio, llamar a elecciones para, de nuevo, si bien de un modo algo más participativo y algo más democrático, zanjar quien dirige al PS. Pero, ¿lo dirige en qué dirección?

El Partido Socialista debe afinar su política frente a una América Latina donde soplan nuevos vientos, necesita reposicionarse ante los cambios impresionantes que registra la sociedad chilena en los últimos años. Y, muy importante, requiere una revolución orgánica interna que termine con el funcionamiento oligárquico que expresan las corrientes estructuradas. No basta para ello intentar la tan repetida fórmula de volcar el Partido a la sociedad mientras todos sabemos que muchos de sus buenos cuadros están y estarán en tareas de gobierno. Pienso que, más bien, hay que traer sociedad al interior del Partido valorando formalmente liderazgos sociales y locales ya existentes. No tiene explicación que dirigentes nacionales de centrales sindicales o confederaciones, que alcaldes de alta votación y concejales que reciben gran apoyo, que dirigentes de uniones vecinales y organizaciones sociales consagradas y significativas, no participen de los órganos de dirección sin necesidad de someterse a la lógica de las corrientes. Un Congreso, se requiere un Congreso, también para resolver cómo se funde el PS con el Chile ciudadano y deja de ser un partido sometido a la lógica respetable y necesaria, pero parcial, de sus parlamentarios y autoridades de gobierno.

Las elecciones internas no resolverán estas cuestiones claves. Para enfrentarlas el Partido Socialista necesita un Congreso. Uno que merezca formar parte de un libro como el de Jobet.

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