jueves, abril 13

Italia: el doble desafío del 'Professore'

EZIO MAURO
EL PAÍS

Y bien, ¿qué ha pasado? Para entenderlo, fijémonos ante todo en la esencia de las cosas: si se confirman los resultados difundidos por el Viminal, Silvio Berlusconi ya no será presidente del Gobierno, y tendrá que bajar las escaleras de Palazzo Chigi, que subió triunfante hace cinco años. No irá tampoco al Quirinal, adonde pensaba trasladarse durante siete largos años en caso de victoria del Polo, y dominar desde la Colina todo el panorama de la política italiana. La época del Cavaliere a la cabeza del país parece pues terminada, mientras empieza la segunda era Prodi, con una perspectiva de gobierno frágil en los números, dificultosa por lo heterogéneo de la coalición, débil e incierta en su cultura política y, sin embargo, plenamente legítima. Porque el centro-izquierda, si nos atenemos a las cifras hasta hoy oficiales, al final ha vencido, después de la batalla electoral más difícil de toda la historia republicana.
Digamos enseguida que si en la hipótesis nocturna de un empate (una Cámara de derechas, la otra de izquierdas) se discutía sobre el derecho de la izquierda a tratar de gobernar, en el momento en que ha conquistado la mayoría en ambas ramas del Parlamento la Unión tiene el deber de intentarlo. Un deber constitucional, pero también moral, porque Prodi se ha presentado a los electores pidiéndoles que manden a casa a Berlusconi, que cambien el gobierno para ayudar a Italia a empezar de nuevo y pasar página. Estamos todos bajo el efecto de una ducha escocesa sin precedentes: primero, el tam-tam continuo que da una ventaja muy clara a la Unión en el silencio electoral; luego, los primeros sondeos que anuncian una victoria segura; después, la corrección del rumbo, las regiones conquistadas hace un año por la izquierda que van a la derecha; el Cavaliere que gana terreno, el anuncio de su victoria en el Senado por un voto, una victoria que parece extenderse también a la Cámara; por último, el vuelco, primero parcial, luego total, hasta la fiesta nocturna por la victoria, ya acechada por el anuncio berlusconiano del recurso para la verificación de las papeletas.
La moderna religión de los sondeos se ha revelado como lo que es, una superstición de baja tecnología que aspira a subyugar la política, determinándola o reemplazándola, mientras cita al pueblo en lugar de movilizar a los ciudadanos. Una vez desgarrado el velo de la falsa profecía, surge la doble realidad de un país dividido en mitades, irreducible en sus divisiones fruto de culturas divergentes, intereses legítimos separados y distintos y valores opuestos e irreconciliables. No es un resultado desdeñable para el centro-izquierda el prevalecer en el discurso público de un país en el que cada vez está sorda una mitad, donde objetivamente a las consignas de solidaridad, igualdad, derechos y justicia les cuesta trabajo pasar, al ser transversales en su naturaleza política. Y en cambio la Unión ha prevalecido al fin, con un margen estrechísimo y sin embargo claro, como si la sabiduría superviviente y residual de un país exhausto viera en la izquierda más que en la derecha la única posibilidad de mantener juntas a las dos Italias.
¿Por qué entonces esta sensación difusa de victoria mutilada, con un éxito de sabor amargo? A mi parecer, la respuesta está clara: por el descubrimiento de que incluso con la victoria del Olivo, Berlusconi muerde la mitad del país. Hay una mitad de Italia que después de 12 años de aventura, después de cinco años de mal gobierno, después de una campaña electoral exagerada y desquiciada (que debería asustar a los moderados) sigue eligiendo a Berlusconi, y no importa si el sueño de 1994 hoy está desinflado. Quiere a Berlusconi no ya por lo que promete, sino por lo que ya ha desvelado abiertamente. Elige su naturaleza en el momento en que se vuelve más radical, su propuesta cuando coincide con su figura y poco más, su política cuando es revolucionaria y técnicamente subversiva respecto a cualquier regla, su figura como paradigma agigantado y obligatorio de una moderna derecha.
Y es sin duda posible, o más bien seguro, que una parte de estos electores vote a Berlusconi por sus intereses, siguiendo la invitación del Cavaliere a hacer caso al bolsillo. Pero, por otra parte,vota a Berlusconi en contra de sus intereses, una vez vistos los malos resultados de su Gobierno, la incapacidad de hacer reformas, el crecimiento cero. Y por fin, y es lo que más cuenta, hay un trozo de Italia que vota a Berlusconi en todo caso y a pesar de quien sea, por auténtico ideologismo. Sólo así se explica la impetuosa recuperación del Cavaliere: por su capacidad de transformar su base social hecha de pequeña burguesía antiliberal, de propiedad menuda, ancha y difusa, de intelectualidad radical y "revolucionaria", no sólo en un bloque social, sino en una especie de auténtica nueva "clase" dispuesta a moverse de forma homogénea en política. Si esa clase además de bolsillo tiene alma, que la tiene, Berlusconi es hoy su señor indiscutible. Paradójicamente, cuando deja de ser presidente del Gobierno, Berlusconi empieza a ser una política.
El martes, con una mano deslegitimó y puso posdata a la victoria de la izquierda, aludiendo a pequeños embrollos en los escaños que faltaban por comprobar. Y con la otra mano lanzó por sorpresa la propuesta de una gran coalición capaz de gobernar la división italiana, incluso con su salida personal del horizonte del gobierno. Por la alteridad de las dos formaciones en el panorama italiano, y por los tonos de la última campaña, es un tipo de compromiso histórico berlusconiano inédito y sugestivo en la estructura europea, pero poco creíble en la traición definitiva a todo espíritu mayoritario. La derecha venció en 2001 y gobernó. Si la izquierda ha vencido, es justo que gobierne, o al menos que lo intente. Eso dicen las reglas, que sin embargo, tienen también un corolario: si Berlusconi ha perdido, es justo que vaya a la oposición, abandone el papel de deus ex machina, pase la mano.
¿Qué necesita la izquierda italiana para gobernar bien y no sólo intentarlo? Darían ganas de contestar que lo que no tiene: una identidad clara y resuelta, por lo tanto una conciencia de sí misma. La contrapartida está en el buen resultado de los partidos con una razón social clara como Refundación, pero también los Verdes y los Comunistas italianos, incluso el de Di Pietro. Los problemas empiezan con la Margarita, que no ve el largo plazo, y sobre todo con los Demócratas de Izquierda, reducidos en sus ambiciones al 17,5%, después de haber sido el eje central de la coalición durante cinco años.
Si antes el partido democrático era una oportunidad para dirigentes como Rutelli y Fassino, hoy es una necesidad. Pero ay de ellos si lo conciben como un ensamblaje de aparatos. Tiene que tener y transmitir una huella de modernidad europea, de apertura y de inclusión (a partir de los socialistas, de los radicales, de la sociedad), de identidad nueva, de necesidad reformista, de cultura de gobierno, fuerte y radical. Tiene que ser una ocasión para renovar las clases dirigentes, desde la cima, sin miedos y sin reservas. En resumidas cuentas, tiene que ser algo nuevo, que se haga enseguida, creyendo en ello, sin astucias. Sólo así, cambiando la naturaleza de la izquierda, puede cambiar su suerte. Y sólo así puede funcionar como centro de gravedad para el Gobierno de Prodi en esta época complicada.
Todo eso da a Prodi una tarea más, una tarea doble. Tiene que intentar gobernar en una situación difícil, no sólo por los números, sino por lo heterogéneo de una coalición que hay que transformar en fuerza de Gobierno, y por la debilidad de una cultura reformista aún incapaz de desplegarse. Pero al mismo tiempo tiene que estar a la cabeza de este proceso de fundación de un nuevo Olivo, que se llamará partido demócrata. El Profesor sabe que la suya es una victoria débil, frágil. Si sale para flotar, se va al fondo. Necesita romper, pensar a lo grande. Que empiece por su Gobierno, nombrando enseguida a los ministros, fuera de los juegos y de las condiciones, escuchando a los partidos, pero sin dejarse enjaular. Su debilidad es su fuerza: deberá usarla, como si el partido ya fuera democrático.
La verdadera respuesta al movimiento berlusconiano de la gran coalición está en la capacidad de Prodi para hablar al país, a todo el país. Debe intentarlo, empezando por los de ese Norte que por primera vez en la historia italiana se opone políticamente al Centro, convirtiéndose en el nuevo cofre ideológico del Cavaliere, las regiones berlusconianas contra las regiones rojas, con la derecha que obtiene un territorio expropiando a la Liga. La otra respuesta a Berlusconi está en la capacidad del centro-izquierda para indicar una solución limpia, pero que pueda ser compartida por el Quirinal. Hoy sólo hay un nombre posible, el del presidente Carlo Azeglio Ciampi, que quiere dejar la Colina, pero que representa un punto de encuentro fuerte y seguro. Desde aquí hay que partir.
Como se ve, y por suerte, después del voto, la palabra vuelve a la política. Que la izquierda, después del antiberlusconismo, demuestre que tiene una. La política es la única forma de hacer vivir a un Gobierno de Prodi, si nace después de la victoria. Y también es el único modo de derrotar de verdad a Berlusconi, después de haberle descabalgado.
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Ezio Mauro es director del periódico italiano La Repubblica.

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