martes, mayo 16

Abrigar la esperanza, por Fernando Savater

Opinión, www.elpais.es

En una de sus inteligentes humoradas señaló Ortega que dice mucho sobre nuestro país la expresión común de que a las esperanzas y las ilusiones hay que abrigarlas. ¡Qué nítido reconocimiento de la cruel intemperie que acoge en España a los proyectos de reforma social y política! Ahora, con motivo del alto el fuego de ETA y de la perspectiva de algo enigmáticamente llamado "proceso de paz", hay muchos dentro y fuera de nuestras fronteras que se declaran por fin esperanzados. Y que regañan de modo más o menos agrio a quienes señalan las ambigüedades del actual compás de espera y exigen garantías que por el momento nadie ofrece, quizá porque aún sea imposible brindarlas. ¡No metamos palitos entre las ruedas para forzar el descarrilamiento de la esperanza, no le pongamos cortapisas! En algunos casos, los así incriminados por no abrigar suficientemente a la esperanza que tirita son precisamente quienes más se han movido y más riesgos corrieron durante las décadas del terror. Y no faltan malpensados que sospechan que los ahora remisos han hecho de su pasada resistencia un modus vivendi (aunque fuese moriendi en varios casos) del que ahora se resisten a abdicar en las nuevas circunstancias.
Dice una milonga que "muchas veces la esperanza son ganas de descansar". Pero también está comprobado que acogerse a la desesperación suele ser una coartada para no mover ni un dedo ante los males del mundo. Puestas así las cosas, soy decididamente de los que prefieren abrigar esperanzas..., aunque siempre tomando la precaución de no considerarlas una especie de piloto automático que nos transportará al paraíso sin esfuerzo alguno por nuestra parte. Es decir, creo que la esperanza puede ser un tónico para los rebeldes y un estupefaciente para los oportunistas y acomodaticios. De modo que esperanza de la buena es precisamente lo que hemos derrochado desde hace bastantes años todos quienes nos hemos enfrentado al terrorismo y al nacionalismo convertido hegemónicamente en obligatorio a su amparo. Si nos hubiera faltado del todo la esperanza, también nos habrían fallado las fuerzas..., porque la situación no era precisamente favorable para quienes querían tomarse la molestia de no dejarse someter. Estábamos rodeados de cautelosos desesperanzados que nos desaconsejaban correr riesgos, encogiéndose de hombros y moviendo tristemente la cabeza: "No insistáis, que es peor. No crispéis más la cosa... ¡Si esto no hay quien lo arregle!". Otros, también desesperanzados pero más técnicos, recomendaban ponerse en manos de los especialistas: "La culpa de todo la tienen los políticos, ¿no? ¡Pues que lo arreglen los políticos, que para eso les pagamos!". Ahora son precisamente todos estos ex desesperanzados los que nos recomiendan fervientemente la esperanza, tras el alto el fuego otorgado por ETA. Y uno no puede por menos de pensar que ayer no necesitaban la esperanza porque no pensaban hacer nada y hoy la necesitan porque esperan que ya no haga falta tomarse el trabajo al que en su día sabiamente renunciaron... Resumiendo: nada esperaban porque nada hacían; ahora, por fin, esperan que ya nada haya que hacer.
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Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

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