viernes, julio 7

Ségolène Royal y el “orden justo”

LE MONDE, DERECHOS EXCLUSIVOS PARA LA NACIÓN (www.lanacion.cl)

“El orden económico justo es un orden económico que deja de ver a Francia postrada, que la proyecta hacia arriba, que rechaza la sociedad de la “precariedad”, que rechaza la inseguridad salarial y que actúa de manera de que cada uno pueda vivir dignamente de su trabajo”.
Michel Noblecourt
Apenas pronunciada, la fórmula dio en el blanco. En Arras, en febrero, luego en Privas, en abril, Ségolène Royal postuló “un orden justo”. La presidenta de la región de Poitou-Charentes aseguró que “hay que restablecer un orden justo mediante el regreso de la confianza, por el regreso de referentes claros, por el buen funcionamiento de los servicios públicos, por normas de honestidad, que sean válidos para todos”. Y, para legitimar su posición entre los candidatos socialistas a la elección presidencial de 2007, la favorita en las encuestas apeló a los grandes ancestros: “Ya lo decía Jaurès, cuando llamaba a terminar con la injusticia que se traspasa con la sangre, de padre a hijo. Y también François Mitterrand, para quien el mayor escándalo estaba en la injusticia, culpable del desorden”.
Pero, para los socialistas, la simple utilización de la palabra “orden” es sospechosa; conservadora, como mucho; y a lo peor, reaccionaria. Entre los amigos de Dominique Strauss-Kahn, Jean-Christophe Cambadélis se conmovió. El senador socialista Jean-Luc Mélendon, animador de la corriente Por la República Social, asestó la estocada cuando escribió en “Politis” el 22 de junio: “Ségolène Royal emplea el ‘orden justo’ un mes y medio después de la aparición de la encíclica del Papa Benedicto XVI, que hace de ello un tema central y confía a los laicos la tarea de hacerse cargo del advenimiento de este orden justo”.
¡Diablos, Ségolène Royal y Benedicto XVI combaten juntos! De hecho, Mélenchon tiene razón. En su encíclica “Dios es amor”, publicada el 25 de enero, el Papa escribe que “el orden justo de la sociedad y del Estado es el deber esencial del político”. Y el otrora cardenal Ratzinger agrega: “Un Estado que no esté regido por la justicia se reduciría a una gran banda de pillos, como dijo un día San Agustín”. El concepto de “orden justo” tiene su raíz en la “Summa Teológica” de Santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII. Pío XII lo retomó en 1953. Con el mismo espíritu, la constitución de la Confederación Helvética aspira a “hacer todo, con la ayuda de Dios (...) para crear un orden justo por el bien de todos”.
Durante décadas, todo lo que se refiriera a orden tuvo una connotación negativa para los socialistas. La derecha aludía al “orden justo” contenido en el catolicismo social, para oponerse al “movimiento” encarnado por los progresistas y los revolucionarios. Tras las insurrecciones obreras de 1848, fue en un partido del orden donde se unieron los orleanistas, los legitimistas y los conservadores para ganar las elecciones legislativas de 1849. A fines del siglo XIX, el mariscal Mac Mahon intentará imponer su “orden moral”. Cuando en junio de 1933, durante el 30º Congreso de la SFIO (“Sección Francesa de la Internacional Obrera”), Adrien Marquet, el alcalde neosocialista de Bordeaux que, tras su exclusión del Partido Socialista adhirió al régimen de Vichy, defendió “el orden, la autoridad y la Nación”, León Blum se declaró “espantado”. El orden: ¿antinómico del socialismo?
En un artículo publicado en “Les Notes” de la Fundación Jean Jaurès, en abril de 2004, acerca de “El problema de las libertades en el socialismo”, la filósofa Monique Canto-Sperber aporta otra pista: “El socialismo nació de un intenso sentimiento de desorden social. Saint-Simon, Fourier, Prudhon hacen irrisorio el optimismo liberal según el cual la libertad total en los intercambios, en el trabajo y en los contratos terminará produciendo la abundancia, condición óptima para la materialización del mejor estado social”.
Ante la “anarquía industrial”, Canto-Sperber destaca que “los primeros pensadores socialistas tenían la ambición de recrear una sociedad cohesionada, con espíritu común, por medio de reformas concretas. El remedio que ellos recomendaban era insertar la iniciativa individual, sobre todo la económica, en cuadros colectivos, “socializarla” en el sentido estricto y traducir eventualmente esta socialización en una organización del conjunto de la sociedad”. ¿Orden socialista y desorden liberal?
Tampoco fue Royal la primera en reintroducir el concepto de orden entre los socialistas. En septiembre de 1996, en su resolución final, el 20º congreso de la Internacional Socialista, reunido en Nueva York, hace votos por “la aparición de un orden mundial justo y tranquilo”. Aunque en su programa para 2007, el PS se abstiene de retomar el concepto de “orden justo”, se encuentran huellas en una síntesis de la comisión del programa de seguridad, publicada el 15 de marzo. “El Partido Socialista”, se indica allí, “fijará como uno de sus objetivos prioritarios la instauración de un ‘orden justo’ y de una ‘seguridad perdurable’”.
Presto a desmarcarse del espíritu “libertario” de mayo del ’68, Jean-Pierre Chevènement reivindica su adhesión al orden... republicano. Lionel Jospin manifestó como Primer Ministro una sensibilidad cercana. En su último libro “El mundo, como yo lo veo”, al exponer su análisis -hoy compartido por Royal- sobre la “exigencia de seguridad” que surge de las capas populares, Jospin proclama: “Es necesario entonces asumir el valor del orden, es decir, del respeto a las reglas”. E insiste en que “no hay libertad sin orden, es decir, sin normas, sin costumbres, sin leyes. El orden es consubstancial a la libertad, y la República, cuidadosa del interés general, se aboca a conciliar el orden público y la libertad del ciudadano”. Jospin no emplea el concepto de “orden justo”, pero es el mismo espíritu.
Atenta a las críticas, Royal rectificó ligeramente la puntería, para hablar ahora de un “orden económico y social justo”. El 15 de junio declaró que “el orden económico justo es un orden económico que deja de ver a Francia postrada, que la proyecta hacia arriba, que rechaza la sociedad de la “precariedad”, que rechaza la inseguridad salarial y que actúa de manera de que cada uno pueda vivir dignamente de su trabajo”.
Cuidadosa en desmarcarse de su ex colega en el gobierno, Martine Aubry se negó el 25 de junio en el programa RTL-LCI-Le Figaro a hacerse cargo del concepto de “orden justo”. Instalada en el sillón de Albert Camus (“no existe orden sin justicia”) la alcaldesa de Lille manifestó que “cuando hay justicia, llega el orden. Ante la sociedad del miedo hay otro modelo: una Francia justa”. ¿Una Francia justa? Fue el eslógan del candidato Jospin en 2002...

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