martes, febrero 28

Socialistas (5), por Jorge Arrate

Después de la ''renovación''
Investigadores de universidades nacionales y extranjeras estudian hoy la “renovación socialista”. Sin embargo el entendimiento corriente sobre su significado se ha distorsionado, tanto por desconocimiento como por la intención de cobijar bajo ese alero conceptos que nunca formaron parte de su ideario. La “renovación socialista” fue funcional a los momentos iniciales de la transición, a la cautela y moderación imperantes. Aquello incentivó su uso oportunista, adhesiones de circunstancia y ulteriores desarrollos que no tienen relación directa con la “renovación” originaria. Como ya lo he dicho en otras ocasiones, la “renovación” postuló revisar y revitalizar el pensamiento socialista. No se propuso reemplazarlo o renunciar a él, no fue negación de la identidad de izquierda ni coartada para aliviar la memoria de sus cargas negativas. Fue siempre “renovación socialista” y no simplemente “renovación”. Desde su inicio se reconoció también como “rescate”, o sea recuperación de fuentes del pensamiento socialista chileno.
La “renovación” revitalizó una de las más importantes piezas teóricas del socialismo, si no la más importante, la Introducción al Programa de 1947, surgida de la pluma de Eugenio González. Repuso, sin perjuicio de la autocrítica severa respecto a la visión partidaria durante la Unidad Popular, la valoración allendista de la democracia. Efectivamente, descartó el asalto al poder como instrumento de cambio social y propuso, para las circunstancias chilenas, la democracia como espacio y límite del quehacer político del PS. Implantó en la discusión teórica socialista el concepto “gramsciano” de hegemonía y plasmó una política de alianzas democráticas amplias que, previsiblemente, facilitarían el cambio social para el horizonte histórico previsible. Propuso una revisión del modelo de partido y planteó nuevos enfoques sobre la relación entre medios y fines y entre cultura y política.
A fines de los ochenta la “renovación” terminó de madurar con la unificación socialista y el “Congreso de Unidad Salvador Allende” celebrado en 1990. En ese momento se habían incorporado al Partido Socialista unificado casi todos los grupos socialistas del tronco histórico, ambos MAPU, ex miristas, comunistas disidentes y la Izquierda Cristiana. Más allá de las resistencias de sectores que advertían un proceso de “derechización” partidaria, pareció entonces configurarse un partido que remozaba su identidad y bases doctrinarias. En los años noventa la “renovación” fue agitada como emblema tendencial interno o invocada para abrir camino a un proceso de “post renovación”, en el que hubo empeños para ir más allá del impulso original.
Actualmente algunos consideran que la “renovación” sólo es tal si agrega la teoría del libre mercado a su bagaje conceptual. Esta posición ha dado lugar a lo que, provocativamente, he llamado la “ultra renovación”.
El reproche más mordaz que puede hacérsele a los contenidos de la “renovación” es la ausencia de una reflexión sobre el mercado, a pesar que el neoliberalismo y la economía “reaganiana” eran ya en los setenta una corriente protagónica en el mundo y en el Chile de los “Chicago Boys”. Hubo críticas al neoliberalismo, generalmente desde las posiciones económicas más tradicionales, pero no germinó un debate del que surgieran criterios de preeminencia ética de lo público sobre lo privado y del interés colectivo sobre el individual, con capacidad de plantear interrogantes incisivas a la teoría económica neoclásica y al libre mercado y de generar opciones viables alternativas. La pérdida de un claro perfil socialista en el debate político y cultural actual tiene relación directa con esta falencia del proceso de “renovación socialista”. En el entretanto el mercado impuso su lógica y la ha convertido en sentido común, sin que la izquierda concertacionista haya opuesto una armazón conceptual apta para batallar contra la embestida mercantilista. Lo más dramático, sin embargo, es que el espacio que la “renovación” definió como propio hasta convertir en algo aceptado la identidad entre los socialistas y la plena democracia, ha sido distorsionado por el mercado a través de diversos mecanismos: el disciplinamiento económico-comercial de los ciudadanos, el peso electoral del dinero, la estirpe mercantil del sistema de medios de comunicación y el estímulo al individualismo. El mercado es un nuevo Leviatán que todo lo consume, lo coopta, lo invade. El desprestigio de la democracia -una “mercadocracia”- se hace mayor y siempre creciente, y genera la apatía.
De este modo la participación, aquella fundante, la del sufragio, es hoy despreciada por un cuarenta o más por ciento de los ciudadanos y por un porcentaje impactante, muy mayoritario, de los más jóvenes. Esa democracia mercantilizada, binominal, intervenida en mil formas por los poderes fácticos, recortada en sus posibilidades por una globalización que reduce el espacio de acción de los Estados, no es, sin duda, la democracia que la “renovación” concibió como su campo de batalla. Los rasgos toscos de la democracia recuperada fueron un marco desfavorable para remodelar la idea de partido en un sentido democratizador.
En 1989, al reunificarse, el Partido Socialista dio un paso refundacional cuando amplió sus cimientos ideológicos. En las Bases Doctrinarias y Políticas de la reunificación se reconoció que el potencial crítico de la sociedad capitalista se nutría no sólo del pensamiento marxista, sino también de las corrientes emancipadoras humanista y cristiana. Raúl Ampuero había tomado con fuerza la cuestión cristiana en los orígenes orgánicos del proceso de “renovación”, en los seminarios de Ariccia, en Italia, a fines de los setenta y comienzos de los ochenta. En Chile los partidos de izquierda de matriz original cristiana habían participado de la reflexión renovadora. El MAPU-Gazmuri se había incorporado muy mayoritariamente al PS-Núñez, el MAPU-Garretón se integró al partido unido en el acto de reunificación y, un año después, la dirección y la mayoría de la base de la Izquierda Cristiana fue recibida en el Congreso Salvador Allende. Pero la reunificación generó mecanismos defensivos que hicieron imposible avanzar en constituir un partido nuevo y distinto.
Por una parte, los “renovados” debieron enfrentar la cuestión de la “doble militancia” en el PPD y muchos de ellos se establecieron definitivamente en el nuevo partido. Mientras eso ocurría, hicieron sentir en el PS el peso de disponer de otra opción que ofrecía como atractivos no soportar las cargas ideológicas, la historia de pugnas o las culpas, reales o inventadas, de los socialistas. Los que permanecieron en el PS reafirmaron la “renovación” como su divisa, desaprovecharon la posibilidad de convertir sus contenidos en un patrimonio plenamente colectivo y la utilizaron para tratar de imponerse en las pugnas internas. Parte del “almeydismo”, que enfrentaba una salida de la dictadura muy distinta a la deseada, se refugió en sus señas más fuertes de identidad. Las corrientes se impermeabilizaron y prefirieron consolidarse. La adhesión de la mayoría del MAPU-Garretón a la identidad “renovada” y de la Izquierda Cristiana a la corriente llamada “Nueva Izquierda”, parecieron síntomas de que la amplitud ideológica se reflejaría al interior de las corrientes y las debilitaría. Sin embargo, implicó la renuncia por parte de esos nuevos socialistas a formular un aporte a la reestructuración partidaria.
El gobierno y sus exigencias uniformaron los discursos, por convicción o por sentido de la responsabilidad política. El PS debilitó sus vínculos con la sociedad, ahora mucho más centrado en el Estado. Las señas de identidad conceptual de las corrientes comenzaron a licuarse, pero la nervadura, los estilos, las formas de manejo del poder interno y externo, permanecieron. Hace pocos meses escuché en un foro a un socialista proveniente del “almeydismo”, muy joven en los tiempos del fin de la dictadura, que sostenía que la “renovación socialista” había sido uno de los grandes acontecimientos en la historia del PS. La afirmación era, por sí sola, una señal de que todos, o casi, podían mirar con distancia y más objetividad el proceso de “renovación” y sus derivaciones. La “renovación” fue un momento de recuperación de pensamiento socialista. Propuso una revisión de las alianzas con una mirada más abierta hacia el centro e hizo al PS más contemporáneo sin renunciar a nada de su historia. Pero quedó en deuda de una reflexión a fondo sobre el mercado, tal vez porque la existencia de la dictadura era un foco absoluto de preocupación.
Por otra parte, no tuvo la energía ni la decisión para cambiar positivamente el modo de existir del partido. Para hacerlo, la “renovación” requería autoeliminarse como corriente. La “renovación” es un proceso que ya es historia. ¿Otra renovación, un renacimiento, una nueva refundación? ¿Cómo habrá de llamarse el desarrollo indispensable que hay que echar a andar si queremos que el PS sobreviva como instrumento capaz de impulsar sus objetivos?

La nueva revolución chilena, por Osvaldo Torres

Quién iba a pensar hace 30 años, 10 o 2 años atrás, que una ex presa política de la dictadura, sobreviviente de la Villa Grimaldi iba a conquistar la presidencia de Chile.

Este regreso de los reprimidos, esta valoración de la sociedad por quienes, sin tener responsabilidad directa en la conducción del gobierno de la Unidad Popular, sufrieron las consecuencias directas del terrorismo y resistieron a la dictadura no es mera casualidad histórica.

Michelle Bachelet es producto de un cambio profundo en Chile, menos épico que los convulsionados años de los sesenta y setenta, pero más eficiente. No se trata sólo de estadísticas en los nuevos patrones de consumo, en la consecución de bienes materiales o de acceso a la educación. Todo esto ha influido, pero se trata de algo más, pues la transformación de Chile ha venido transformando a la propia Concertación y la coloca ante nuevos dilemas.

La transición chilena duró 16 años y en su trayecto se logró consolidar una institucionalidad democrática que fija reglas mínimas para dirimir las diferencias por medios pacíficos; generar una autonomía (aún) relativa en las funciones de las instituciones del Estado; una revitalización de éste como parte activa en la responsabilidad social por sus ciudadanos, etc. Sin embargo estas tareas son eminentemente “restauradoras”, en el sentido normalizador, de concretar un piso sobre el cual se puede pensar un país con un futuro para todos, no excluyente como lo fue no sólo políticamente sino también socialmente bajo la dictadura.

Entonces, llegó el tiempo en que nuevamente Chile debe encarar una encrucijada que estuvo presente en el impulso de la década de los sesenta. ¿Qué tipo de sociedad queremos para nosotros y las generaciones futuras? ¿Podremos convivir juntos sin resolver la brecha social y las discriminaciones odiosas que persisten?

En la década del sesenta dos proyectos políticos, con fuerte apoyo y esperanza social se constituyeron en alternativos y excluyentes. Eran los proyectos de Revolución en Libertad y la “Vía chilena al socialismo”. Ambos prometieron un Chile más justo y ambos impulsaron la reforma agraria; los dos llevaron la bandera del control sobre los recursos naturales y en ambos el Cobre se hizo más nuestro; ambos apostaron a constituir o fortalecer un sujeto histórico como parte constitutiva del proceso de transformaciones, sea como “promoción popular” o como “movilización popular”, y en ambos se hizo efectiva.

Se podrá discutir el por qué no hubo una convergencia práctica de estos procesos estructurales a nivel de la dirección política, pero lo claro es que los dos fueron construidos como salidas a la crisis de desigualdades que se había incubado; a las limitaciones que la democracia tenía para resolver las ancestrales aspiraciones de importantes mayorías del país y por el estancamiento que se evidenciaba ante la oposición de la vieja oligarquía al proceso modernizador. Los dos proyectos histórico-revolucionarios o si se quiere antioligárquicos, se hicieron centrífugos respecto del propósito central. Luego vino la tragedia de la cual M. Bachelet fue una de sus víctimas.

Ambos proyectos revolucionarios tuvieron partidos claves para su elaboración, desarrollo e implementación. La Democracia Cristiana por una parte y el Partido Socialista y Comunista por la otra. Para estas fuerzas, estos proyectos fueron su razón de ser y su signo de identidad en los sesenta y principios de los setenta . La dictadura, y también la transición, los ubicó en un segundo plano pues la tarea de ese largo período impuso una relegación de las identidades maximalistas para producir la normalización democrática.

Dicho lo anterior, se hace evidente que en Chile se abre el debate sobre el proyecto histórico que lo pueda hacer más democrático y más justo, pues visto está que no basta con el crecimiento económico, su chorreo y las políticas sociales de carácter moderador de las desigualdades. A más crecimiento económico se produce también un aumento de las aspiraciones de todos los estratos que opera sobre el imaginario colectivo de manera menos desigual que la propia distribución de los ingresos, provocando un sentimiento de frustración, segregación y escasa inclusión en las ventajas de éste en los sectores menos favorecidos.

Esto sitúa a los partidos políticos de la Concertación ante una discusión –no sólo sobre cómo apoyar a Bachelet- sino también sobre qué proyecto histórico pueden encabezar en esta nueva etapa del desarrollo del país, que seguramente se extenderá hasta más allá del bicentenario. De la respuesta a esta cuestión, que parece central, se podrá establecer si la Concertación tendrá una vida más larga que le provea de sentido.

Para la DC la tarea es central. Como dijo Soledad Alvear en un reciente foro del Instituto Igualdad: se requiere no sólo de un nuevo gobierno, también de nuevos horizontes comunes.
La Concertación depende en alto grado del PDC no sólo en su existencia, sino también en el tipo de Concertación que se puede tener. Por ello no es menor el cómo este partido resolverá su vacío de proyecto histórico y por tanto identitario con el cual se desempeña en el sistema político. Si el origen de la DC fue su quiebre con la oligarquía conservadora y su propuesta revolucionaria, - desde una modernización del catolicismo incubado ya en las Encíclicas Sociales y radicalizado en el Concilio II- no tiene más remedio que reconfigurar un nuevo proyecto, de cara al siglo XXI, que ratificando la sustancia modernizadora y de fuerte acento social, adecue las formas y contenidos a los nuevos tiempos y sus viejos problemas; en este intento deberá resolver la relación con los intereses de los grandes grupos económicos, con el catolicismo conservador y la representación de los sectores emergentes. El PDC ha adquirido una cultura de alianzas dejando atrás la idea del partido único de gobierno; ha mantenido su carácter plural en la vida interna y ha marcado las diferencias con los partidos de derecha y los integristas religiosos, esto le permite abrir la discusión interna sobre su proyecto histórico para el Chile del siglo XXI con fronteras claras en la topografía política nacional.

Por su parte del Partido Socialista, sigue cargando el peso de la experiencia del gobierno de Allende y su conducta ante él, haciéndolo un partido no confrontacional, en extremo cuidadoso, con una fuerte responsabilidad por la gobernabilidad en el plano político, que lo ha llevado a moderar la representación de las demandas sociales que por derecho corresponden a las mayorías, en aras a consolidar el sistema político democrático. El PS, idos ya los temores tanto a la regresión autoritaria y como al potencial fracaso de un socialista en La Moneda con Lagos, requiere construir un nuevo consenso interno, para asegurar el éxito del gobierno que se inicia, y además para encarar la pregunta por el sentido de una política socialista que pueda hacer efectiva y eficiente la lucha por una sociedad más justa y con una cultura democrática. En esta dirección es fundamental la experiencia, pero también admitir la diversidad de miradas; es importante la cabeza fría pero también la sensibilidad ambiental que impulsa a los cambios en las formas de hacer política y considerar a los militantes y los ciudadanos organizados. En definitiva, también el PS está obligado a pensar el proyecto histórico y sus nexos con las fuerzas políticas que le son afines. Esto impone alentar nuevas generaciones de dirigentes preparados políticamente, desarrollar y valorar la política territorial, configurar un diseño de país descentralizado, multicultural y semi presidencial, a la vez que hace más eficientes las propuestas por la igualdad.

Como se ve, la encrucijada de la Concertación es que ante la obligación de construir un proyecto histórico de futuro, se requiere no cometer el error de hacer divergentes los proyectos de transformación (las viejas dos revoluciones) que deberán emerger de los principales partidos de la coalición. La identidad partidaria siempre ha sido un elemento sustantivo para los momentos difíciles donde hay que apelar al sentido de pertenencia; pero también se ha utilizado para acentuar diferencias para alcanzar cuotas de poder. La responsabilidad de los partidos será el no evadir la necesidad de otorgar gobernabilidad y asegurar el éxito del gobierno electo, pero a la vez el de encarar la toma de decisiones con vista a resolver este punto de largo plazo, el del proyecto histórico convergente que debieran tener los partidos de la Concertación para esta nueva etapa en la vida nacional que se ha expresado en el sistema político con la elección de M. Bachelet, pero que ya estaba presente en el ideario de las mayorías que le votamos.

No se trata de revivir los proyectos utópico maximalistas para realizarlos en breve plazo. Se requiere que los partidos de la Concertación encaren la necesidad de generar un proyecto colectivo, que de más cohesión al país por la vía de una mayor justicia social y que amplíe la democracia por la vía de que los ciudadanos se incorporen organizadamente al control y participación de las decisiones de los poderes del Estado. Es la forma que tiene el pueblo de reivindicar su tarea en la construcción del país y de sentirse un igual a otro con independencia de su poder económico o su influencia social. Los proyectos partidistas son legítimos e indispensables, se trata de dibujar esas nuevas identidades recogiendo la experiencia histórica y avizorando una alianza, no para administrar el poder sino para seguir transformando al país. El otro camino posible es reforzar las identidades específicas producto de la incapacidad de construir una nueve etapa de reformas sociales y políticas de manera conjunta.

A lo anterior se puede agregar el proceso que vive Latinoamérica. Chile acostumbrado a ser autorreferente optó en los años noventa a huir hacia delante respecto de la región, sintiéndose cultural y políticamente ajeno. La actual “ola latinoamericanista” no parece ser una moda, sino más bien la expresión en el plano político de los excluidos y discriminados que buscan nuevos liderazgos pero también nuevas formas para la democracia que les permita controlar a sus elites tan dadas en el continente a hablar por ellas pero a respetable distancia y sin cumplir sus compromisos. Para Chile y a la Concertación esto es sustantivo tanto porque obliga a nuestra democracia a hacerla más efectiva para resolver los problemas sociales como porque cualquier proyecto histórico viable para el país, pasa por tener una política de integración regional, abandonando el desdén para tratar los estilos presidenciales que no se ajustan al modelo generado en nuestra transición.

Finalmente, la tímida discusión sobre el supuesto derecho ganado a “designar” el candidato presidencial concertacionista del 2009, por tal o cual partido, no hace más que dificultar la resolución del problema central. La identidad partidista se reafirma principalmente con el proyecto que presenta y a quienes representa el candidato.
--------
Osvaldo Torres es Director Adjunto del Instituto Igualdad.

lunes, febrero 27

Responsabilidades de Chile en la Región:una discusión necesaria, por Hugo Calderón


En los últimos días se ha producido un debate sobre la conveniencia de mantener la presencia militar de Chile en Haití. Las siguientes líneas buscan presentar un cuadro general de la inserción del país en la región, en la que se enmarca la relación con el país más pobre del continente.
Señales iniciales de un mundo multipolar
El conflicto sobre la energía atómica en Irán ilustra los cambios producidos desde la guerra de Irak. El orden unipolar con EEUU como la única superpotencia, si bien es una constante política y militar, está dando paso lentamente a un escenario más diversificado con potencias nucleares emergentes con altas tasas de crecimiento como China y la India, que suman casi 2.500 millones de personas. Estos países gravitan decisivamente en la economía mundial por sus fuertes demandas de materias primas, y al igual que Rusia, manifiestan de manera cada vez más explícita sus intereses políticos globales. Esta diversificación de actores y una actitud más dialogante en la política exterior norteamericana por parte de los "neorrealistas" encabezados por la Sra. Rice, tiene consecuencias para el continente: ofrece una oportunidad para una búsqueda de consensos básicos en América Latina, en la perspectiva de profundizar vínculos cualitativos con las zonas más dinámicas de la economía mundial. Se puede evitar así un mayor deterioro de la presencia de la región en los circuitos económicos mundiales y detener su eventual polarización y fragmentación política. Chile puede aportar sustancialmente a este objetivo ineludible.
Potencias regionales y países con buenas prácticas
Tanto China, como la India, al igual que Africa del Sur y Brasil, son potencias que ejercen también un liderazgo regional por el tamaño de sus economías, su peso político, militar y tecnológico, sus vínculos globales y sus aspiraciones geopolíticas. Sin embargo, hay países pequeños que sirven de ejemplo en su región. Son importantes por sus buenas prácticas. Estas buenas prácticas se manifiestan en su capacidad de integración a la economía mundial, sus buenos indicadores económicos, el buen funcionamiento de sus instituciones y la calidad de sus líderes. Tienen gobiernos con capacidad de intermediación entre el desarrollo interno y los estándares internacionales, entre el mercado y los actores sociales y pueden estimular la cooperación público-privada. Una estrecha relación con las potencias regionales y con la comunidad internacional son fundamentales para que puedan ejercer un rol estabilizador y puedan superar las tensiones estructurales provenientes de las desfases con sus vecinos y enfrentar con éxito sus propias tendencias aislacionistas. Son, en síntecis, países con capacidad de reforma, que ayudan a articular intereses regionales en el sistema multilateral. En América Latina es el caso clásico de Chile y, en menor medida, de Costa Rica.
Un capital no despreciable
Chile puede ejercer un rol muy positivo en la región al ir superando las tensiones con los países vecinos. Para esto cuenta con la legitimidad de sus éxitos económicos y políticos, el prestigio del presidente saliente Ricardo Lagos, una fuerte presencia en el organismo multilateral más importante de la región y el enorme impacto internacional de una presidenta mujer con la historia de Michelle Bachelet. Utilizando hábilmente el bilateralismo, Chile ha podido construir una red de acuerdos de libre comercio con las principales economías del mundo. Pero dispone también de una activa presencia en el sistema multilateral, en particular en la ONU, y cuenta con la importante legitimidad de haber sido uno de los iniciadores de la operacion de paz y estabilización más importante que ha llevado mancomunadamente la región en Haití. Es un ganador con la globalizacion. Ha construido una sólida economía de exportación y ocupa nichos definidos en el mercado mundial que ahora busca ampliar mediante un avance tecnológico para acceder a intercambiar bienes de mayor sofisticación. Ha superado el estadio de una economía rentista propia del tercer mundo y está en condiciones de aprender y adaptar prácticas de países con un alto nivel de desarrollo como Finlandia, Nueva Zelanda, Holanda o Suecia. Chile también ha consolidado su sistema politico, estableciendo una agenda clara de modernización y profundización democrática. La última campaña presidencial comprueba que cuenta con los indispensables consensos internos para enfrentar las tareas del futuro; el desarrollo educacional, la creación de una red de protección social y la disminución de las desigualdes.
Responsabilidades mayores
Esto lo ubica en una situación de mayor responsablidad regional frente a sus vecinos, cuyos debates internos están en muchos casos dominados por críticas ante las asimetrías mundiales, más que de propuestas viables para reducirlas. Chile puede aportar a una política de co-gestión y de disminución de daños del proceso globalizador. Para incidir en las coordenadas externas que determinan su desarrollo, está obligado a asumir cada vez más responsabilidades globales que comienzan por sus responsabilidades regionales.
Globalización y región
Las élites latinoamericanas están lejos de comprender en todas sus consecuencias la supranacionalidad e interdependencia del proceso global, como por ejemplo, el fin de las economías estrictamente nacionales, o la extrema movilidad del capital, de las mercancías, la información, el conocimiento, o la transnacionalidad del peligro del narcotráfico, el terrorismo o las pandemias. Estos desafíos no se resuelven sólo en el marco del Estado nacional y requieren de estructuras supranacionales de cooperación y gobernabilidad internacional que actúen eficientemente en las zonas de "soberanías compartidas". Chile no tiene otra opción, por razones de su propia seguridad y para consolidar su inserción internacional, que asumir la supranacionalidad de los procesos económicos regionales, de seguridad, medioambientales, migratorios, u otros, propios de la globalización. Esto significa superar esquemas tradicionales de relación con los vecinos y asumir un rol activo respecto a la consolidación de las estructuras democráticas en la región, buscar con modestia pero con claridad, transmitir sus experiencias exitosas en el proceso de transformacion económica, y apoyar a los países vecinos, especialmente a los más pobres.
Aprender de otros
Una experiencia de intensa cooperación regional fue iniciada por Europa en los años 50 con los acuerdos sobre el carbón y el acero. En la actualidad, con espíritu visionario, la practican los nuevos integrantes de la Unión Europea como Eslovaquia o Estonia con los países que aún no están en la agenda inmediata de la ampliación europea como Ucrania, Moldavia, las repúblicas del Cáucaso, o del Asia central y del sureste de Europa. Crear estructuras de ejecución Chile ya hace un aporte significativo por la vía de las inversiones directas al desarrollo de los países de la región. Sin embargo, el Estado puede aportar un porcentaje del PIB a programas de desarrollo, en particular en la region andina, que a la larga significarán beneficios para Chile pues siempre es más barato invertir en la prevención. Para la cooperación regional es necesario destinar recursos y crear estructuras de ejecución. En base a la experiencia de la agencia de cooperacion internacional (Agci) y de sus programas de cooperacion triangular con terceros países, Chile podría promover una agencia de desarrollo especializada para la región andina y el Mercosur, en conjunto con Argentina y Brasil para compartir costos y riesgos. Esta agencia puede tener por tarea abordar problemas transnacionales, como la modernización de las estructuras estatales, de la administracion comunal, los servicios básicos y la infraestructura física y financiera de la región. Otros temas supranacionales como la integracion energética o los temas medioambientales pueden permitir la conformacion de programas amplios, que pueden ser llevados en cooperacion entre varios países, incluso con el apoyo de los organismos multilaterales que reconocen a Chile un país líder respecto a sus buenas prácticas.
Integración y modernización
Temas como la estructura legal para la captacion de inversiones, la extensión de las tecnologías de información, el acceso a la informacion comercial y de negociacion de acuerdos de libre comercio, puede ponerse a disposición de los países del continente pues la integración económica, para tener bases sólidas, sólo es factible en función de la inserción internacional, como lo demuestra con claridad la experiencia de China y la India. Si bién esto es válido para la relación con los países mas cercanos al polo de desarrollo que representa Chile, cuando se discute sobre la conveniencia de mantener la presencia chilena en Haití, deberían tenerse en cuenta todas las variables de la relación del país con la región, incluído el nuevo rol de los militares en los temas de desarrollo y seguridad global.
Hugo Calderón M. es doctor en Economía y Ciencias Sociales de la Universidad Libre de Berlin.

domingo, febrero 26

Entrevista a Alain Touraine, La Tercera

"La izquierda chilena es una zona borrosa"

¿Cree que Lagos aglutinará a la izquierda como lo hizo Mitterrand en Francia?
En Chile la izquierda y la extrema izquierda son extremadamente débiles. El PS y el PPD no son exitosos. La clave fue la alianza con la DC. Lagos es un hombre de política realista y basado en la transformación del país. A la hora de comparar, no veo en Lagos la discontinuidad política de Mitterrand. Si pudiese hacer el cambio, le daría Mitterrand a los chilenos y llevaría a Lagos para los franceses.

¿Por qué dice que la izquierda es débil?
Chile tiene la suerte de tener una extrema izquierda en general muy débil. Lagos representa a la centroizquierda, hizo cambios importantes sin cambiar la estructura política del país.

Adolfo Zaldívar dijo que el próximo paso de la izquierda concertacionista es aunarse en un partido
Concuerdo con esa opinión. Lagos no tuvo una izquierda al nivel del Presidente. Una unificación real sería positiva, ha faltado la capacidad de innovación e imaginación políticas. Es difícil imaginar una izquierda chilena que no sea organizada alrededor de Lagos.

¿Cree que él es la persona indicada para hacerlo?
No quiero dar consejos, pero es un tema pendiente. Evidentemente los partidos de izquierda, unos menos que otros, no fueron el aspecto más fuerte de este gobierno, porque el elemento más fuerte fue Lagos. La izquierda chilena es aún una zona borrosa que debe aclararse.

¿Lagos tiene asegurada la reelección?
Es un poco desafortunado plantear esto cuando aún no comienza el gobierno de Bachelet. El prestigio de Lagos es muy alto pero imagino que le va a dejar terreno libre a Bachelet antes de pensar en una reelección. Lo importante es que los chilenos piensan que él es un candidato posible. Se va con un apoyo popular grande y es un sentimiento compartido que ojalá vuelva.

¿Cuál es su evaluación de estos seis años?
Lagos fue un gran Presidente. Es evidente que Bachelet va a tener que luchar por ser reconocida de manera autónoma. Ella debe demostrar que no es sólo la sucesora de Lagos.

viernes, febrero 24

Socialistas (4), por Jorge Arrate

El Mostrador
La herencia de Allende
Lo que más une a los socialistas es la figura del Allende defensor de La Moneda. Sin embargo la hoja de vida partidaria del militante Salvador Allende, un ser humano de carne y hueso, está repleta de pugnas y divisiones y, sin duda, el juicio de cada socialista sobre esos episodios no será idéntico. En cuanto al Allende líder de izquierda y Presidente de la República, genera también no pocos matices interpretativos.
Es deseable esa diversidad de opiniones. Allende, contrariamente a lo que algunos quieren, está lejos de ser capítulo cerrado. No lo digo por nostalgia, sino por el modo de mirar hacia el futuro. El debate sobre lo que significó la Unidad Popular, cuáles fueron sus reales posibilidades de victoria y cómo fue su gobierno estará abierto por mucho tiempo, como ocurre con acontecimientos históricos complejos. Se trata de un hito en la vida del país, de un acontecimiento estelar en la memoria chilena del siglo XX. Hay claves allí para explicarse los últimos tres decenios de historia y también para definir las proyecciones para el tiempo que vendrá.
Allende héroe, Allende socialista de carne y hueso, Allende líder de un proyecto de izquierda. Tres posibles miradas.
Sólo la primera ha cristalizado en plenitud y ha traspasado las fronteras de Chile y de la izquierda chilena que lo apoyó. El monumento frente a La Moneda atestigua un reconocimiento nacional, no sólo de los suyos, al luchador de principios, al hombre capaz de entregar la vida por un proyecto político. Estatuas, calles, plazas y escuelas a través del mundo testimonian por su parte el homenaje internacional. La herencia del Allende héroe es fundamentalmente ética. Alguien dijo que era una vara muy alta para los tiempos que vendrían. Pero hubo quienes lograron superarla. Mal que mal fueron muchos los socialistas o los militantes de otros partidos de izquierda que, en los años siguientes a la muerte de Allende, entregaron o arriesgaron su vida en la lucha contra la dictadura. Sin duda esa entrega encontraba inspiración en la consecuencia de un Allende que propuso la política como gran escenario donde los imperativos morales del hombre público o el luchador social son sometidos a la más dura prueba.
La segunda mirada, el Allende militante, descubre a un sujeto persistente, incansable luchador por su propio liderazgo, activo en muchas contiendas internas. Como él hubo varios, pero ninguno contribuyó tanto a desarrollar un movimiento de la amplitud y fortaleza del “allendismo”. El legado como militante y dirigente de partido resulta claro para mí: su lucha en el PS fue siempre sobre la base de ideas. Para él la contienda política era también una pugna por el poder, pero una lucha de ideas. Sus discrepancias con Grove en los cuarenta o sus confrontaciones con Ampuero en los cincuenta y sesenta, sus diferencias con Almeyda y Altamirano previas a la elección de 1970, tenían que ver con planteamientos políticos, con propuestas políticas.
El tercer Allende, el Allende jefe de un proyecto revolucionario “por sus fines”, como hubiera dicho Eugenio González, y pacífico en sus medios, ha generado debate e interpretaciones distintas en la izquierda. No es extraño. A diferencia de Ernesto Guevara, héroe revolucionario que convergió con su tiempo -los años sesenta- Allende estaba lejos de ser una clásica figura sesentista. Por el contrario, hombre siempre inserto en las instituciones, formal cuando se requería, informal hasta el límite de lo permitido, Allende se desenvolvía bien en el parlamento, en los grandes actos democráticos y populares o en el debate político nacional y no en los territorios que en ese tiempo muchos latinoamericanos preferían para su lucha: las sierras, los campos, los subterráneos de las urbes, los sitios recónditos de los suburbios pobres de nuestras ciudades capitales. El arma de Allende era su voz, su presencia, la transparencia de su mensaje, el voto que conquistaba, la organización social que contribuía a formar, no el fusil, el explosivo, el sabotaje o la irreverencia como conducta permanente ante el sistema. Por otra parte, el proyecto que finalmente Allende logró impulsar parecía fundarse más en razonamientos políticos básicos y en la fuerza de una intuición -correctos o no- que en las elaboraciones del marxismo y del leninismo que caracterizaban los debates de aquel tiempo. Allende no compartía conceptos como “dictadura del proletariado” ni la idea de la inevitabilidad de la fuerza para romper un esquema de dominación de clase. Desde este punto de vista Allende parece, mirado hoy, como un crítico implícito del escolasticismo de los partidos de izquierda y de la sobreteorización que caracterizaba sus reflexiones. Allende concibió una fuerza necesariamente superior a los dos grandes partidos marxistas, menos sectaria, más abarcadora. Y suscribió también, sin gran sofisticación teórica, un camino que pudiera llevarla a la victoria: el camino democrático, el recurso al sufragio universal.
En cuatro candidaturas presidenciales recorrió entero un país en que no existían aún los medios audiovisuales o computacionales de hoy. Fue su presencia activa, su voz, su incansable bregar, lo que permitió trasmitir un mensaje que penetró la cultura y llegó a ser, en varios conceptos, dominante. Allende construyó hegemonía de izquierda y la defendió todos los días. Sólo Recabarren es comparable a Allende en cuanto al impacto en la historia del movimiento social chileno. Recabarren en una etapa germinal, sin ninguna posibilidad de alianza exitosa o de victoria, bregando con su espíritu fundacional en el interior de grupos pequeños y marginados. Allende con partidos más sólidos, en un cuadro nacional de apertura de espacios para las luchas sociales y en un contexto internacional, aunque enmarcado por la guerra fría entre dos superpotencias, caracterizado por un hemisferio sur rebelde, en pleno proceso de descolonización o de lucha por un desarrollo equitativo. La visión de Allende logró momentos sorprendentes de síntesis. No obstante no ser un personaje “sesentista”, convivió fructíferamente con los años sesenta. Muestra de ello fue su apoyo y especial relación con la Revolución Cubana y sus líderes, su fraternal comprensión y aliento a los movimientos revolucionarios armados que surgieron en América Latina y su diálogo con el MIR. En el plano nacional, no obstante su propia sensibilidad teórica, estableció un entendimiento fundado en la confianza y las coincidencias políticas con el Partido Comunista. En cambio, la relación con el PS ha sido un capítulo siempre abierto en los debates sobre la UP y en él han intervenido también algunos de los más tenaces adversarios de Allende. Existe la tendencia a culpabilizar al PS por la diversidad de opiniones que expresaba, diversidad que algunos han pretendido transformar en una suerte de “abandono” u “oposición” a Allende. Nada más lejos de la verdad. Los principales colaboradores de Allende en su gobierno fueron socialistas y la dirección partidaria, que en instancias diversas expresó puntos de vista discrepantes, ejercía una función irrenunciable de los partidos: hacer valer sus puntos de vista, en particular a un Presidente de sus propias filas.
Efectivamente el PS no actuó de modo ordenado, pero son pocas las organizaciones que lo hacen en momentos que adquieren un carácter revolucionario o que expresan tensiones sociales extremas. La derecha ha alimentado esta visión con el único propósito de endosar a los derrotados por el golpe militar la responsabilidad del atentado antidemocrático y de sus secuelas. Entre los socialistas despunta a veces un sentimiento de culpa que no es del todo justificado y que va más allá de una necesaria autocrítica. Sí, en un proceso como ese hubiera sido deseable que el PS tuviera más fuerza, más organización, más dirección. Sí, también un gobierno que no hubiera cometido algunos de los errores en que incurrió y que pueden hoy, treinta y tres años después, ser examinados desde la tranquilidad de un escritorio. Pero los responsables principales de la brutal violación de las normas democráticas fueron la derecha y la política imperialista del gobierno de los Estados Unidos y no las equivocaciones o debilidades de la Unidad Popular o del Partido Socialista. Allende, jefe de proyecto de izquierda, impulsó la tentativa dramática, la única en siglos de nuestra historia, de cambiar de veras el signo del poder en la sociedad chilena. El resultado final de esa experiencia no es para nada independiente de la profundidad del proyecto allendista y de su intención transformadora. Son estos elementos los que explican la reacción de los sectores dominantes y la secuela del golpe. Nuestras autocríticas, válidas y necesarias, no pueden olvidar este hecho. El mundo actual es distinto a aquel que vivió Allende. Aquellos tiempos son un pasado irrepetible. Por lo demás, el propio Allende fue construyendo su visión sobre la base de nuevas experiencias y de contextos cambiantes. Allende no fue un personaje estacionario, sino creador. Sin embargo, miró el mundo y pensó Chile siempre desde un mismo sitio: el lugar de los dominados, los subordinados, los marginados, los desposeídos. La herencia que dejó Allende es la capacidad de pensar el futuro desde ese mismo lugar y no desde otro o por sobre los conflictos sociales. Los socialistas no pueden eximirse de hacerlo a menos que acepten negarse a si mismos.

martes, febrero 21

Socialistas (3), por Jorge Arrate

El Mostrador
''Veo moverse tus corrientes secas...''
"…veo crecer manos interrumpidas, / oigo tus vegetales oceánicos / crujir de noche y de furia sacudidos, / y siento morir hojas hacia adentro, / incorporando materiales verdes / a tu inmovilidad desamparada".
Neruda escribe sobre la madera. Pero, ¿cómo no pensar que esos versos sobre un viejo tronco tienen algo que ver con las “corrientes secas” del Partido Socialista, con las “manos interrumpidas”, con la muerte de “hojas hacia adentro”, con una “inmovilidad desamparada”? Una socialista de toda la vida es hoy Presidenta de la República y la bancada de senadores es la más numerosa de la historia del PS. Bien pudiera decirse que las quejas no tienen asidero. Pero la cuestión es otra: el socialismo chileno posee liderazgos potentes pero es pobre como expresión orgánica y débil como fuerza cultural y social. Hay una brecha entre la vitalidad de los líderes y la capacidad del Partido para relacionarse con la sociedad en que está inserto de otro modo que no sea la proyección mediática o el carisma de los dirigentes. Esa brecha explica en parte que la presencia socialista en las organizaciones sociales y en movimientos que recogen nuevas identidades ciudadanas sea insuficiente. Las dificultades que enfrentan otros partidos y que han sido públicas - a veces impúdicamente públicas- en relación con cuestiones de poder interno o de pugnas por aspiraciones de cargos, tienden a ocultar las limitaciones del PS. Pero este fenómeno no debe ser consuelo. El PS no se excepciona de la crisis que afecta a los partidos, ni siquiera por las conductas básicas de decoro político de los socialistas de todos las sensibilidades. ¿Será posible hacer este debate con altura? Pienso que sí, a pesar del Congreso de enero de 2005 que reemplazó de un modo heterodoxo -para usar un lenguaje benévolo- a la dirección que finalizaba su mandato. En la superación de las heridas provocadas cabe responsabilidad a todos pero, sin duda, una mayor a quienes resultaron allí vencedores. Por otra parte, ninguna discusión de planteamientos polares podría llegar a buen término. Todos los socialistas son responsables, en mayor o menor grado, de las actuales limitaciones que enfrenta el PS. Superarlas requiere una revolución interna que no puede hacerse sólo por un sector, sino que necesita un acuerdo partidario básico que comprometa muchas voluntades. Digo esto muy particularmente por el tema de las “corrientes”. El sociólogo italiano del primer tercio del siglo veinte, Robert Michels, sostuvo que liderazgo y democracia son incompatibles, también en las organizaciones políticas doctrinariamente democráticas (Michels las conoció pues fue socialista antes de hacerse fascista) en las que el liderazgo tiende a convertirse en oligarquía. La ley de oligarquización de los partidos parecía deseable a Michels, que negaba la posibilidad efectiva de la democracia. Antes que él Max Weber distinguió entre los partidos de patronazgo, que buscan cargos públicos para sus militantes, y los partidos ideológicos que impulsan ideas políticas. ¿Cómo los socialistas derrotan el pesimismo de Michels? ¿Cómo hacen para que la combinación entre la legítima aspiración al poder del Estado -que el socialismo chileno siempre expresó claramente- y su propósito de ofrecer caminos de avance hacia otro tipo de sociedad, de vida, de mundo, sea efectiva? Creo que el modo de funcionamiento de las corrientes partidarias ha significado formas de oligarquización y un énfasis por momentos excesivo en la obtención de espacios de poder, con desmedro de la legítima confrontación de posiciones políticas. Siempre hubo grupos internos en la historia socialista. Los militantes de la Izquierda Comunista, de matriz trotskista, se incorporaron en los años treinta y mantuvieron por buen tiempo una cierta identidad. Los “inconformistas” de comienzos de los años cuarenta se agrupaban en torno a la idea fuerza del rechazo a la colaboración de clases y su crítica al Frente Popular. Formaron el Partido Socialista de Trabajadores, muchos ingresaron años más tarde al Partido Comunista y otros volvieron al Partido Socialista. El “ampuerismo” fue un agrupamiento en torno al liderazgo carismático de un gran teórico y dirigente, un hombre admirablemente honesto, Raúl Ampuero, intransigente en la política de alianzas y la defensa de la autonomía y originalidad teórica del Partido Socialista. La práctica del grupo era, según el resto de los socialistas, autoritaria y sectaria. Derivó en la división de 1967 que significó la creación de la Unión Socialista Popular. El grupo llamado “eleno” representó las ideas latinoamericanistas y revolucionarias de Ernesto Guevara y se comprometió con el proyecto que el Ché impulsó en Bolivia. Otros segmentos, más laxos, formaban circuitos en torno a dirigentes como Allende, Aniceto Rodríguez, Carlos Altamirano o Clodomiro Almeyda. Las “corrientes” actuales del PS así como los grupos identitarios o “clubes” que, explícita o implícitamente, han operado estos años, se amalgaman por diversos factores. Uno son las ideas, otro la historia personal. Luego de la división de 1979, el sector de Almeyda encarnó el esfuerzo más prolongado y serio de lucha clandestina en la historia socialista, momento en el cual cristalizan fuertes lealtades y liderazgos. De allí surgen el “escalonismo”, línea originariamente más inclinada a la unidad de la izquierda y más desconfiada de la alianza con la DC, y una posición más proclive a la Concertación y a aceptar el liderazgo democristiano en su interior, el “tercerismo”. El PS-Núñez y el PS-Arrate representaron el empeño de la llamada “renovación socialista” -la originaria- que en su primera década fue un grupo minoritario, excluido de la Unidad Popular sobreviviente y que hacía su camino de construcción orgánica en Chile superando enormes dificultades. El MAPU refiere a muchos socialistas al momento épico de la ruptura con la Democracia Cristiana, al cambio de matriz ideológica, a la plena incorporación a la Unidad Popular y luego a la clandestinidad, y la prisión, tortura y exilio compartidos con comunistas, socialistas, radicales y miristas. El MIR, muchos de cuyos militantes se incorporan al PS en el período de la reunificación, constituye una referencia inolvidable para los jóvenes que participaron en los tiempos heroicos del gobierno de Allende y la lucha contra la dictadura. No es un misterio por qué se agrupan internamente los socialistas, ni es objetable la legitimidad de la memoria que sostiene esas identificaciones. Pero no es transparente qué piensa hoy cada sector, qué ideas políticas lo movilizan. La cuestión no es baladí por una razón evidente: los grupos internos recordados aquí se amalgamaban en torno a planteamientos políticos explícitos en un Partido que no participaba en la gestión del Estado. Hoy, en cambio, un cierto vacío en sus definiciones cohabita con una ininterrumpida participación en el gobierno durante quince años. ¿Es el PS, recurriendo a la clasificación weberiana, un partido de patronazgo o un partido ideológico? Uno diría que una combinación, como el propio Weber podría estimar ya que para él la mayoría de los partidos lo eran. Pero, ¿cuánto hay de lo uno y cuánto de lo otro? Mientras, las corrientes están secas, como en el poema. Entraban formas más colectivas de funcionamiento, impiden que se abran las puertas del Partido y reclutan por sí mismas, para el Partido, pero para sí mismas. Algunas, dicen, tienen mecanismos de ingreso y exclusión propios. Las corrientes han sido responsables del lánguido debate político en el PS. Hasta los libros nacen encerrados en círculos determinados. ¿Cuántos en el PS conocen o han debatido el libro en que Alfredo Joignant entrevista a Martner, El socialismo y los tiempos de la historia, cargado de ideas innovadoras y polémicas? ¿Cuántos conocen los textos sobre historia partidaria o sobre memoria de la izquierda, escritos por Eduardo Gutiérrez y por Eduardo Rojas y quien escribe estas líneas? Creo que muchos no registraron la publicación de dos sugestivos textos sobre la transición, escritos en 1999 por Luis Maira (Chile, la transición interminable) y por Camilo Escalona (Una transición de dos caras. Crónica crítica y autocrítica). Sólo el “tercerismo” ha mantenido de modo perseverante un centro de estudios y una revista. Lo que llama la atención es que recién durante la presidencia de Martner el Partido creó un centro de estudios y una revista… En 1974, durante mi exilio en Italia, me asombraba leer en los pizarrones y en las paredes de la sede romana del Partido Socialista Italiano una gran cantidad de avisos que convocaban a reuniones de corrientes, subcorrientes y grupos. Me pareció una grave enfermedad. El drama del PSI se explica por varios factores, pero uno de los que contribuyó al colapso fue la pugna despiadada de corrientes. En la Conferencia de Organización de 1991 y en la de 2001, diez años más tarde, se acordó la regulación de las corrientes, una aproximación realista y constructiva. No obstante, las corrientes descontroladas han desarrollado una espiral, primero hacia la consolidación, luego, ya erosionadas las confianzas más extensas, hacia la construcción de refugios más pequeños pero seguros, hacia la parcelación. Icebergs que se segmentan en el mar de una ciudadanía cada vez más ajena y desinteresada en los partidos, entre ellos el Socialista.

viernes, febrero 17

Socialistas (2), por Jorge Arrate

El Mostrador
Congresos y elecciones


El historiador socialista Julio César Jobet (1912–1980) centró su actividad partidaria en la formación política, el debate teórico y la preservación de la memoria socialista. Hoy se conoce poco a Jobet y su recuerdo es sólo ocasional, como resultado del deterioro del tipo de actividades que él prefería.

Para algunos la memoria pareciera ser un estorbo, un signo de anquilosamiento. En el caso de los jóvenes, no es su culpa. Porque estoy hablando de la memoria adquirida, de una memoria colectiva e histórica, no de la memoria de las vivencias propias. Me refiero a la memoria que se hereda. Entonces, ¿qué han hecho los responsables de la herencia para transmitirla?

Jobet escribió la historia del PS a través de los Congresos partidarios. Para él eran momentos de cristalización de ideas, procesos y fuerzas y, por tanto, puntos de sutura de esa historia. En 1971 la editorial Prensa Latinoamericana (PLA), propiedad del Partido Socialista (nótese: ¡el PS se preocupaba de editar libros!) publicó la tercera y final edición de ''El Partido Socialista de Chile'' de Julio César Jobet, en dos tomos. Un volumen y la mitad del otro cuentan la historia partidaria hasta el año de la publicación.

La tengo en mi mano y leo en la presentación de los editores: “Constituye un brillante panorama de la evolución del PS, y entrega una apreciación exacta de sus orígenes, de sus postulados teóricos y programáticos, de sus planteamientos políticos y sindicales y de sus luchas ardorosas”. Y más adelante: “La lectura de este sustancioso libro permite aquilatar, con claridad, los rasgos más esenciales y sobresalientes del carácter del PS y de su empresa, a menudo tormentosa”.

Efectivamente, la vida interna socialista ha sido siempre una lucha ardorosa con, muchas veces, resultados tormentosos, desde el Primer Congreso, en octubre de 1933. Uno relee el libro de Jobet y percibe cuan apasionada ha sido la existencia del PS. Todos los Congresos que Jobet recorre fueron momentos de gran confrontación de ideas. Apropiadas o no, erradas o no, pero ideas, ideas políticas. El poder desnudo, sin atavíos, siempre estuvo presente porque es parte de la política. Incluso el poder de gobierno: el PS participó en el de Pedro Aguirre y Juan Antonio Ríos, luego fue parte, por nueve meses, del gobierno de Carlos Ibáñez, y, por cierto, del de Salvador Allende. Pero lo central en los debates y pugnas de aquel partido de alma esencialmente crítica, inconformista y rebelde, eran ideas, grandes ideas políticas: el marxismo y el leninismo, las críticas a la Unión Soviética y la dictadura del proletariado, la neutralidad chilena en la Segunda Guerra Mundial, la autogestión, la nacionalización del cobre y las riquezas básicas, las alianzas de clases, la reforma agraria, la violencia en las luchas populares.

Entre 1933 y 1944 el PS realizó diez Congresos. El décimo, luego del agudo debate del noveno entre los partidarios de abandonar el gobierno y los de continuar en él, consagró una dolorosa división: un fundador, Marmaduke Grove, creó el Partido Socialista Auténtico en un Congreso paralelo. El undécimo fue también un hito, en 1946, cuando Raúl Ampuero fue electo jefe del partido e inició su recuperación. En 1948, el duodécimo congreso, en que asumió la jefatura Eugenio González, debió enfrentar la ruptura del sector más moderado del PS, que colaboró con González Videla y que obligó a la organización a tomar el nombre de Partido Socialista Popular.

Sólo en 1957 volvió a reunificarse el Partido Socialista, en el decimoséptimo Congreso, inolvidable porque abrió una nueva etapa política, la de la unidad de la izquierda, el FRAP y la Unidad Popular. En 1967, el vigésimo segundo, hasta hoy conocido como “Congreso de Chillán”, reflejó el impacto de la ola revolucionaria latinoamericana en las ideas socialistas. En 1971, en La Serena, el vigésimo tercer Congreso celebró el triunfo presidencial de Salvador Allende. “Todo lo que he sido y todo lo que soy”, dijo Allende, “se lo debo a mi Partido”. Un gesto de pasión, de reconocimiento generoso, también de modestia. ¿Cuánto debía y debe el Partido Socialista a Salvador Allende?

En 1979, en plena dictadura, se produjo la más larga división en la historia socialista, entre los sectores que se identificaban con Carlos Altamirano y con Clodomiro Almeyda. Eran tiempos de clandestinidad y de exilio, el Partido Socialista aún no hacía un balance compartido de su derrota, la lucha interna de ideas era intensa pero necesariamente dispersa, en el mundo se abrían debates que preanunciaban el término de los gobiernos comunistas y, a nivel de Chile, se observaban los primeros indicios de la llamada “renovación”. Hubo en aquellos tiempos dos Congresos con el número veinticuatro, correspondientes, respectivamente, a cada sector. Uno de los segmentos pasaría a ser conocido luego como “Partido Socialista Veinticuatro Congreso”.

En 1989 los dos PS, uno dirigido por Almeyda y el otro por el autor de estas líneas, consagraron la reunificación que dura hasta hoy y que abrió el período más extenso de la vida socialista sin divisiones o graves escisiones. La reunificación culminó en 1990 en otro Congreso memorable, que no lleva número: el Congreso de Unidad Salvador Allende, donde se debatió la reinserción socialista en la débil democracia que renacía y la participación en la Concertación y en el gobierno.

Julio César Jobet ya había muerto y no tuvo sucesor en el PS. Los registros del tiempo siguiente no están estructurados, que yo sepa. Un valioso esfuerzo relativamente reciente es el Portal Salvador Allende, en Internet. Quizá la memoria comenzaba a ser percibida como lastre, por lo dolorosa, o como dispendio, por las exigencias de los nuevos tiempos y por ese prurito de la política chilena de estos años, de mirar “hacia adelante”. Sí, digo yo, pero con ojos que no tienen cabeza… Hay que mirar el futuro, pero con la densidad de un cerebro que acompañe a la mirada, si no, es caer en una trampa de derecha.

En enero pasado se realizó en Santiago el más reciente Congreso socialista. Si Jobet viviera, ¿cómo se referiría a él en las páginas de su obra? Porque, dicen los que asistieron (yo estaba por un tiempo prolongado en actividades académicas en el extranjero) y los que escribieron crónicas, que ha sido el único Congreso partidario en que no hubo debate ni acuerdos políticos. ¿Para qué se hizo, entonces? Los Congresos no son una panacea, pero sí un instrumento para que converjan todas las voces, confronten ideas, debatan y unifiquen estrategias. Pero aquel fue para dirimir cuestiones internas de poder. Me pregunto: ¿tenía sentido? ¿Si Martner hubiera continuado como Presidente, habría sido muy distinta la votación de Michelle Bachelet? ¿Hubiese sido muy diferente el resultado parlamentario? ¿Si luego de rechazada la prórroga del mandato de Martner se hubiera convocado a elecciones, como estatutariamente correspondía, habrían sido para la campaña de Bachelet un daño mayor que el que causó, como imagen, el propio Congreso abortado?

Pero, en este caso, recomiendo mirar para adelante, por la suerte del PS y por la calidad de su apoyo a la Presidenta. Y decir: “nunca más”. Con esta mirada, sostengo que el PS “debe” un Congreso para debatir de política, para que el partido se “repolitice”. Lo obvio habría sido convocarlo ahora. Se ha preferido, en cambio, llamar a elecciones para, de nuevo, si bien de un modo algo más participativo y algo más democrático, zanjar quien dirige al PS. Pero, ¿lo dirige en qué dirección?

El Partido Socialista debe afinar su política frente a una América Latina donde soplan nuevos vientos, necesita reposicionarse ante los cambios impresionantes que registra la sociedad chilena en los últimos años. Y, muy importante, requiere una revolución orgánica interna que termine con el funcionamiento oligárquico que expresan las corrientes estructuradas. No basta para ello intentar la tan repetida fórmula de volcar el Partido a la sociedad mientras todos sabemos que muchos de sus buenos cuadros están y estarán en tareas de gobierno. Pienso que, más bien, hay que traer sociedad al interior del Partido valorando formalmente liderazgos sociales y locales ya existentes. No tiene explicación que dirigentes nacionales de centrales sindicales o confederaciones, que alcaldes de alta votación y concejales que reciben gran apoyo, que dirigentes de uniones vecinales y organizaciones sociales consagradas y significativas, no participen de los órganos de dirección sin necesidad de someterse a la lógica de las corrientes. Un Congreso, se requiere un Congreso, también para resolver cómo se funde el PS con el Chile ciudadano y deja de ser un partido sometido a la lógica respetable y necesaria, pero parcial, de sus parlamentarios y autoridades de gobierno.

Las elecciones internas no resolverán estas cuestiones claves. Para enfrentarlas el Partido Socialista necesita un Congreso. Uno que merezca formar parte de un libro como el de Jobet.

martes, febrero 14

Socialistas (1), por Jorge Arrate

El Mostrador
¿El Partido Socialista nunca termina?
Hace quince años, durante un encuentro en el Museo de Arte Contemporáneo de Castro advertí que un hombre mayor, moreno y canoso, un campesino del lugar, me observaba con insistencia. Desde hacía unos meses yo presidía el Partido Socialista. En un momento alguien se acercó y nos presentó. Caminamos por la ladera, en medio del fiordo, hasta alcanzar una planicie donde había una cancha de fútbol. Nos sentamos en un banco de troncos de árbol y él, un viejo militante, me contó su historia, me habló de Allende, de la reforma agraria, del primer tractor que compartieron los campesinos de esa zona, del golpe de 1973. En un momento miró hacia los cielos y dijo: - Desde aquí vi pasar los helicópteros. Llevaban cuerpos… Iban a tirarlos al mar. Guardó silencio unos instantes y agregó: - Pero, el Partido Socialista nunca termina. No he olvidado la frase, algo extraña en su construcción, quizá de sintaxis defectuosa, pero de mágica potencia. Sin embargo, los partidos políticos son entidades históricas que existen en un tiempo y un espacio. No gozan de inmortalidad. La historia de la derecha en nuestro siglo XX está llena de organizaciones que nacen y se extinguen, o mutan, cambian de nombre, de siglas, de símbolos. La expectativa de vida de los partidos de derecha es más bien baja, como si luego de algún tiempo de existencia no les quedara otra que esconderse o desaparecer. La derecha no se conduele de sus partidos muertos. Ella es el partido y lo demás son disfraces, máscaras. Lo esencial es que subsista su poder económico, social, cultural y político. No malgasta ternura en nostalgias. En la izquierda, más doctrinaria y menos utilitaria, promotora de proyectos de cambio hacia sociedades irreales, tan solo imaginadas -incluso en el caso de reformismos modestos, como es el nuestro hoy día-, los partidos llegan a encarnar sentimientos, razones y episodios que articulan la vida siempre dura de los dominados. Así adquieren identidad y memoria, van llenando las hojas de su álbum de fotos, cultivan símbolos, cantan sus himnos, lloran sus héroes, configuran una épica, se proyectan en el tiempo y generan adhesiones que son síntesis de memorias y esperanzas. Expresan, en fin, una matriz ética que es el núcleo central de su cultura. Por eso los partidos de izquierda son duros de matar. El Partido Socialista entre ellos. La gran oportunidad que algunos avizoraron, sin atreverse a enfrentarla, fue cuando a fines de los ochenta un sector del PS fundó el Partido por la Democracia como fuerza “instrumental”, para un solo momento, con un solo fin: ganar el plebiscito. Luego del éxito logrado, el procedimiento parecía obvio: si el PPD continuaba los socialistas fundadores podrían cambiar de piel sin tanta bulla y los otros socialistas, impulsados por la tendencia más pragmática de los tiempos, acabarían incorporándose a la nueva entidad, más “moderna”, menos contaminada con la trágica historia reciente. La idea ha estado siempre latente y, de una u otra forma, asoma cada cierto tiempo. El hecho explica en parte el curso de la relación entre los dos partidos: la “doble militancia” que permitió la consolidación del PPD y un sugerente ejercicio de poder a quienes tenían dos partidos para cruzar sus apuestas políticas; una etapa de distanciamiento del PPD, necesaria -imagino- para fortalecer su identidad y públicamente elevar a la categoría de virtud el “no tener historia”; un pacto “binominal” entre los dos partidos que facilitó la distribución por mitades de los cupos parlamentarios, municipales y cargos de gobierno. Junto a Clodomiro Almeyda propusimos que el PS definiera su relación con el PPD como la de un partido con un movimiento del que es integrante, con un estatuto de derechos para los miembros del movimiento. La opción que se impuso fue la de dos entes de igual naturaleza: partidos, partidos políticos, con todas sus bondades y sus miserias y desvaríos. El éxito político-electoral de esta segunda opción ha permitido elegir dos Presidentes de la República del espacio PS-PPD. Con todo, la política es incierta y caprichosa: uno de ellos es una militante socialista que nunca perteneció al PPD y cuya proyección pareciera desmentir la promesa que algunos hacían hace quince años de un destino brillante para el partido joven y una oscura decadencia para el partido viejo. Pero, estas son historias antiguas. Serán debate para historiadores. No podemos reescribir el pasado, en cambio sí podemos influir en algo el futuro. Al mirar hacia el horizonte hay que celebrar que la cuestión de la relación PS-PPD vuelva a plantearse ahora, aunque sólo sea como forma federativa. Tanto el PS como el PPD anuncian en las próximas semanas elecciones internas y sería un gesto de sanidad política que en ese proceso se discutieran los grandes temas que interesan a ambos partidos. Son varios, muchos, sin duda, pero uno de ellos es qué piensan sobre su propio destino, sobre cómo perfeccionar o ampliar sus entendimientos y potenciar o modificar sus identidades. Entonces, para algunos la cuestión puede ser inoportuna, extemporánea, innecesaria, como quiera calificársele, pero no debemos engañarnos y condenar el hecho de sincerarla. No olvidemos: está presente desde hace quince años. Mi punto de vista es que el tema debe ser debatido en sus propios méritos, sin actitudes demagógicas o religiosas. Los partidos son entes históricos y el campesino de Castro dijo algo que expresaba una aspiración y no una constatación: el deseo de que su visión de mundo, su idea de justicia y de libertad, sobrevivirían incluso al intento de exterminio físico. Pero los partidos de izquierda pueden terminar, porque a veces la emoción que los sostiene no es suficientemente fuerte luego que se debilitan las razones y las éticas sociales que representan se han erosionado. Me produce inquietud decirlo porque soy uno de los muchos que se siente identificado con la historia del Partido Socialista, la que viví y también la que hice mía sin haberla vivido, la que de ser memoria ajena pasó a prestada y luego a creerse casi memoria propia. Entonces, lo que corresponde es formularse las preguntas adecuadas: ¿se ha apagado nuestra emoción de ser socialistas? ¿Se han debilitado nuestras razones? ¿Cuán erosionada está la ética social que hemos querido expresar? Debemos discutir estos temas con sinceridad. Y examinar toda posibilidad de mejorar los instrumentos que tenemos para impulsar los objetivos de los socialistas. Pero, ¿cuáles son? ¿Cómo ayuda a lograrlos una federación con fuerzas aliadas o el paso siguiente, una fusión? ¿Una federación o fusión, con quiénes? ¿Amplia, estrecha, la que existe como alianza, otra? ¿Sobre qué bases políticas y de principios? ¿Nos acerca una federación o una fusión a una reforma a fondo que signifique una nueva Constitución para Chile que reemplace la de 1980, a redefinir el sistema político y a democratizar el sistema electoral? ¿Cómo potencia nuestra voluntad de establecer un modelo económico fundado en la idea de crecer pero con igualdad? ¿De qué modo fortalece la cultura democrática en vez de la cultura mercantil? El PS y, a juzgar por lo que se lee en los medios, también el PPD, están hoy deteriorados en su atractivo social y en su vida interna. Lo he dicho metafóricamente: cambiar a dos o a tres enfermos que tienen pieza separada a la sala común del hospital no sana su enfermedad ni les promete una salud venturosa. Por eso la razonable voluntad de perfeccionar alianzas o coaliciones deberá ir acompañada de un debate a fondo que responda cuestiones como las planteadas y, naturalmente, algunas otras largas de enumerar. Soy partidario de fortalecer los entendimientos entre fuerzas de izquierda, centro izquierda y centro, de reconstruir lazos con el vasto contingente ciudadano que no está inscrito, que se abstiene, que vota en blanco o nulo o que, participando en los procesos electorales y en las organizaciones sociales, está excluido de las formas consagradas de representación política. Soy partidario de proponerse avances sustantivos que consoliden nuestras ideas entre las mujeres, que nos han dado un triunfo histórico en la elección presidencial, por primera vez. ¿Cuál es la mejor forma de enfrentar estos desafíos? Sigo pensando que es fortalecer el Partido Socialista, pero estoy abierto a otros argumentos distintos que los míos. Mi propósito en las columnas próximas será precisamente argumentar que el Partido Socialista debe abordar, sin perjuicio del debate anterior, un primer punto de agenda: su vigencia, para tener significado, implica asumir la tarea de reconstruir cultura y fuerza de izquierda en la sociedad chilena, comenzando por casa. Si no lo hace, aunque no sea el propósito, estará favoreciendo su propia extinción.